Cuando el monasterio de Antealtares refugió a las demás comunidades de Compostela

En el mes de octubre del año 1836, el monasterio de San Pelayo de Antealtares aumentó considerablemente en número de habitantes; como dice el P. Colombás, no fue porque las benedictinas recibiesen una ingente cantidad de novicias o postulantes, más bien se debió a la decisión de las autoridades liberales de congregar en Antealtares a varias comunidades. Entre las sesenta y nueve religiosas reunidas había -aparte de las benedictinas- monjas carmelitas, mercedarias y dominicas. Con el sentimiento de verse desprotegidas ante las autoridades civiles, todas las comunidades se unieron en sentimientos de caridad, conviviendo entre grandes estrecheces. No regresarían a sus conventos hasta 1840 y 1841.

Con motivo de su despedida, y que se conservan en el archivo de San Pelayo, las religiosas refugiadas recitaron algunos poemas agradeciendo la hospitalidad de las benedictinas, en especial de su abadesa, M. María del Rosario Cervela. Madre Rosario fue superiora de Antealtares desde 1832 hasta 1867; había nacido el 3 de octubre de 1779 en San Salvador de Arenteiro. En el archivo se conservan, por ejemplo, los siguientes versos compuestos por la M. Eufrosina, priora de las carmelitas:

En un día tan plausible/ toda elocuencia está muda/ callar es mejor sin duda/ aunque al amor no es posible/ mas ahora me es sensible/ no tener explicación/ mostrando mi corazón/ lleno de agradecimiento/ te deseo días sin cuento/ sin disgusto ni aflicción.                        

San Benito te eligió/ para este santo convento/ y tu dejando al momento/ hacienda, hermanos y padres/ cual esposa en los Cantares/ te vienes con alegría/ como es tu nombre María/ el Rosario son tus armas/ para ejemplo de preladas/ te constituyó este día.                                  

Con suma paz y alegría/ las cuatro comunidades/ que mira a los liberales/ te festeja este día/ cantando con melodía/ alabanzas al Señor/ pidiendo con ardor/ premie tu gran caridad/ concediéndote gran paz/ y abrasándote en su amor”.

Del mismo modo, la M. María Manuela de la Consolación, comendadora de las mercedarias, escribió el poema Al despedirse de las monjas benedictinas de San Pelayo de Antealtares. En otro poema, las religiosas refugiadas cantan las grandezas de la comunidad benedictina a la luz de las obras de misericordia; estos son algunos versos:

Mil gracias damos juntitas/ por la gran caridad/ con que mucha piedad/ visteis a las carmelitas. Como nos visteis afligidas/ en nuestro contratiempo/ nos recibís en el convento/ nos hospedáis peregrinas”.

No podemos dejar atrás que, durante aquellos cuatro años, las religiosas de los otros conventos de Santiago convivieron con una benedictina un tanto especial: la M. Ignacia Martínez Sotelo. Madre Ignacia había nacido el 25 de febrero de 1803 en Santa María de Castrelo, diócesis de Ourense. Como su familia era profundamente cristiana, desde niña tenía la inclinación de ingresar en un monasterio: ella y su hermana Benita fueron monjas en San Pelayo; su hermano Benito en Samos; Clemente, en San Martín Pinario y, su hermano Prudencio, cisterciense en Sobrado. Durante su adolescencia contemplaba y leía una y otra vez la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo; rezaba el Oficio de Nuestra Señora y pasaba diariamente unas cuatro horas delante del Sagrario. Todas estas mortificaciones aumentaron a partir de la muerte de su madre. En 1819 las monjas de San Pelayo, luego de pedir el ingreso, aprobaron la entrada de Ignacia. En el noviciado comenzó a hacer sacrificios prolongados (dormir en el suelo, por ejemplo), no recibía visitas y, salvo urgencia, no bajaba al locutorio. Luego de profesar en el año 1823, comenzó a sentir grandes tentaciones y pruebas; sus contemporáneas al ver tales espectáculos la consideraron una desequilibrada y una falsaria. Hacia 1824, como escribe ella en su Autobiografía (escrita en las etapas de 1833-1834 y 1838-1840), M. Ignacia recibía visiones donde se le representaban Santa Gertrudis, Santa Teresa, San Benito, San Miguel, San Gabriel, el Santo Ángel, San Benito, Santa Escolástica o San Plácido. Algunos de estos santos le asistían en el coro. Otros días, la monja recibía al Niño Jesús, con el que “jugaba” al escondite por los pasillos de Antealtares; también, en otras visiones Cristo ya adulto la coronaba de espinas. Afectada de achaques y dolencias, se propuso tres objetivos: peregrinar a Roma, ir a Tierra Santa, y fundar un monasterio. La orden se llamaría “monjas sacramentarias”, dedicadas al culto, desagravio y obsequio del Santísimo. Los informes dados por los padres benedictinos son de lo más controvertidos: unos la tienen por una santa y otros, en cambio, por una loca. Sea como fuere, la comunidad le encomendó cargos dentro del monasterio, fue siempre puntual en el ejercicio de sus deberes y, frente a la opinión de sus adversarias, procuró que el Oficio Divino fuese cantado con toda solemnidad. Falleció el 15 de septiembre de 1851. En una nota de prensa del año 1927, se indica que una pariente de la monja -doña Asunción Pardo- poseía un pequeño retrato de M. Ignacia, obra del pintor Juan José Cancela. Este cuadrito fue mostrado en una de las Exposiciones que tuvieron lugar en Compostela durante el siglo pasado. Cuando fue amortajada M. Ignacia le descubrieron en la espalda un gran cilicio, que sus parientes guardaron celosamente y que todavía en aquellos años, en el primer tercio del siglo XX, lo imponían sobre los enfermos para verse libres de sus dolencias. Del mismo modo, después de cuarenta años fue abierta su sepultura, encontrando su cadáver intacto y sin marca alguna de corrupción. Todavía hoy las monjas benedictinas mantienen viva su memoria.

Luis Ángel Bermúdez Fernández