Diario de un peregrino: Cuentos de Navidad

Querido diario: comienzan los pasos más nostálgicos de mi Camino de Santiago, los que transito en Navidad. La sociedad parece alejarse de la entraña más profunda de estas fiestas: Que, por amor, Dios se haya hecho hombre. Entonces sueño con que unos padres llevan a su hija a Misa más veces, después de la Primera Comunión, con la ilusión de los que van a por su tercera dosis de vacuna. Pienso en cenas de empresa que se suspenden pero en las que la entrega de sus gentes va más allá de elegir vino y vestido.

Anhelo un canciller alemán, o de donde sea, que se pregunte sin miedo en qué “rayos” cree Europa. Recibo ilusionado las lágrimas de la asesora inglesa dimitida, Allegra Statton, que riegan el alma reseca y fría de quienes nunca piden perdón ni se arrepienten de nada. Esperanzo mi corazón con la estrella resplandeciente que corona la Sagrada Familia de Barcelona, capaz de señalar un nuevo nacimiento para el mundo y, tal vez, una luz más barata…

Envidio la mirada valiente a la que invita el Papa, dirigida a los ojos de los hijos de los inmigrantes, porque ahí vemos a María, a José y al Niño, buscando posada o desplazándose a Egipto. Me descubro ante ese 80% de sensatos que, estando de vacaciones y eligiendo más allá de su apetencia, adelantan su regreso a casa por la borrasca Barra. Aspiro a trabajar los años que Dios me dé, pidiendo salud, por si la pensión no llega… (“llega” de “venir” y “llega” de “ser suficiente”…) y así como Ana y Simeón, ancianos en el Templo, dar testimonio de haber visto al Señor sobre la tierra.

¡Cuántos “cuentos” que contar en Navidad! ¡Cuánta gracia de Dios en estas fechas para convertir alguna de estas historias en sencilla realidad!

Manuel Á. Blanco