Diario de un peregrino: La habitación del pánico

El libro “animado” de Raymond Briggs, más bien “desanimaba”. “Cuando el viento sopla”, dibujaba con precisión de cirujano y guante de seda un sigiloso apocalipsis tras la bomba atómica. El búnker está otra vez de moda como, en su época, los apartamentos en Torrevieja. No es de extrañar… Otros refugios protegen de un atraco, de un secuestro o del propio miedo. Pero hay una curiosa habitación que llena de esperanza el alma.

Se trata de una habitáculo algo pequeño. A lo sumo, del tamaño de un vestidor. En ella también se cambia uno de traje; pero no se trata de un simple probador, aunque lo parezca, porque aquí la persona que se queda en paños menores, por su sinceridad, es revestida de una nueva condición. Podría ser un fotomatón, por las dimensiones pero, a veces, requiere humillarse; allí no vale poner “caras”, sino hablar para dibujarse.

Se han escrito muchas leyendas malignas sobre torturas diversas acaecidas en esa habitación llamada confesionario: manipulación, abuso, amenazas, culpabilización… Pero es máquina del tiempo hacia un paraíso victorioso, sin meigallo ni cárcel; o puerta santa “narniana” hacia la dimensión que deja atrás la tristeza del pecado y abraza un mundo de amor puro. No es sótano ni buhardilla sino terraza para tomar las vitaminas del sol.

Manuel Á. Blanco