Doscientos años de Desenclavo en la parroquia de Sofán

La parroquia de Sofán, en el municipio de Carballo, celebró el pasado Viernes Santo una de sus ceremonias más emblemáticas, el Desenclavo, que este año adquirió un significado especial al cumplirse el 200 aniversario de su instauración.

El origen de este acto se remonta a 1825, cuando el entonces párroco, Pedro Pillado, ideó fundar la ceremonia del Desenclavo, dotándola de los elementos necesarios para su celebración, aunque su consolidación vendría en el año siguiente, 1826.

Para ello, compró en Santiago de Compostela diversas imágenes y útiles litúrgicos por un importe de 1.700 reales, entre los que se encontraban la imagen de la Dolorosa, un Cristo articulado —atribuido al escultor Antonio Sanjurjo—, una urna, piezas de orfebrería, telones escénicos… El sacerdote dispuso además que la continuidad del rito quedase garantizada mediante las rentas de un monte que él mismo donó, conocido como A Chousa do Rei.

Pedro Pillado, natural de la diócesis de Mondoñedo y oriundo de la parroquia de Santa María de Villaselán, había iniciado su formación en 1783 en el colegio de San Jerónimo, en Santiago. Tras ejercer como párroco de San Pedro de Muro entre 1795 y 1806, fue destinado a Sofán, donde desarrolló su labor pastoral hasta su fallecimiento, en 1832.

Su legado se extiende más allá del Desenclavo: fue un sacerdote reconocido por su generosidad que promovió diversas obras y donaciones, como un retablo lateral para la iglesia aneja de Artes —hoy desaparecido—; ayudas económicas para el retablo de su parroquia natal o la construcción de un puente en Sofán.

Dos siglos después, la representación del Desenclavo se mantiene fiel al modelo concebido por su fundador. La puesta en escena transforma el presbiterio mediante colgaduras textiles que cubren el retablo, sobre el cual se despliega un gran lienzo que representa la ciudad de Jerusalén. En el centro, sobre una tarima preparada para la ocasión, se alza una cruz en la que se sitúa un Cristo articulado. A un lado, la Virgen de los Dolores aguarda la bajada del Crucificado, mientras que, en el lado opuesto, una elaborada urna de madera y vidrio permanece dispuesta para acoger el cuerpo.

La ceremonia se inicia tras los oficios de Viernes Santo, cuando el sacerdote predicador invita a varios vecinos experimentados a proceder al descendimiento del Cristo. El acto se desarrolla con solemnidad, acompañando cada gesto de una reflexión sobre los símbolos de la Pasión: el INRI, la corona de espinas, los clavos, el sudario y otros elementos que forman parte de la escenografía. De manera pausada, la imagen es desclavada y colocada en la urna, culminando así un rito cargado de simbolismo y tradición.

Luis Bermúdez