El secreto escondido de la felicidad

Hace algunos días, en el instituto donde imparto clase, uno de mis alumnos del primer curso, levantó la mano en el aula y con un halo de preocupación en su cara, me sorprendió con una pregunta: «Profe, ¿puedo poner en mi casa el árbol de Navidad?» Extrañado por la ingenua pregunta le dije por qué decía tal cosa…

Me respondió que la madre de un compañero suyo, le había comentado que al no haber mi alumno hecho la primera comunión, no podía poner el árbol ni nada navideño en su casa. El rostro del niño era el de alguien que esperaba una satisfactoria respuesta.

Le contesté que sí, sin dudarlo un segundo. Y argumenté: «El hijo de Dios nació para todos. Que lo que dijo e hizo Jesucristo es tan grande y válido que alcanza a todos, también a aquellos que no creen en Él». Pero la sencilla pregunta me hizo pensar… los que no creen ¿qué celebran estos días de Navidad?

La primera respuesta que me vino a la mente es la que podríamos considerar más natural… ¡Nada! Los que no creen en Jesús no celebran nada durante la época navideña. Sin embargo, esta primera respuesta, por su ligereza y simplicidad, no me satisfacía; quise ahondar más en el tema, porque conozco a mucha gente, no creyente, que celebran estas fiestas con ilusión, que reúnen a la familia y cantan villancicos… y que sienten algo en sus corazones que quizá no sepan explicar, pero que está ahí. ¿Qué celebran en Navidad los que no creen?

En primer lugar, creo que celebran la vida. Cuando vemos a un niño recién nacido no podemos dejar de sonreír, hasta el hombre más cerrado de corazón ante un bebé siente una ternura especial; cada niño que nace nos habla de lo hermosa que es la vida; aún en medio de las dificultades, de la pobreza o del frio. ¡Que hermoso es vivir!

En segundo lugar, el niño nace en una familia; un padre y una madre están pendientes de esa vida que les ha sido entregada. Creo que en Navidad celebramos que, pase lo que pase y seamos como seamos, siempre hay alguien que nos quiere, que comprende nuestras motivaciones o sabe disculpar nuestros defectos. Navidad es la alegría de reunirse con ellos, o la dulce tristeza de recordarlos.

En tercer lugar, están los pastores, es decir, la gente buena que, aún sin conocer, sabe echar una mano al que lo necesita: los voluntarios; los buenos vecinos; los amigos que ayudan discretamente; los que renuncian a parte de su tiempo o de su dinero para hacer un mundo mejor; los que creen que cada persona debe tener una oportunidad; los que son felices haciendo el bien. Creo que en Navidad celebramos que sigue habiendo en este mundo mucha gente buena, solidaria, caritativa, sonriente, empática, y eso hace que el mundo siga siendo habitable….

Podemos ver en nuestras calles, desde hace ya unas semanas, que el mundo se va llenando de una alegría misteriosa. Se está preparando para vivir la ternura de la Navidad: luces, belenes, felicitaciones, regalos para expresar fraternidad, deseos de paz; la unidad de la gran familia humana.

Y, pensando en todo esto, me sorprendí a mí mismo dando gracias a Dios, porque todo aquello que celebran los que no creen: la vida, la familia, el amor… Todo lleva su firma. Y les deseo, de todo corazón, a los que no creen, que tengan la Navidad más feliz de su vida, en la que ese Niño, en el que dicen no creer, se les acerque y les sonría; les llene el alma de gozo, de luz y de paz; haciéndoles saber el secreto escondido en las primeras Navidades: que Dios vino al mundo en silencio, y cada hombre en la historia, tiene una vida para descubrirlo.

Daniel Turnes

Artículo publicado en La Voz de Galicia (19-XII-2021)