El Tránsito de San José de la iglesia de San Francisco (Santiago)

Hace unos días hablábamos en este mismo medio de la imagen de la Virgen de los Milagros de la iglesia de San Fiz de Solovio, obra elaborada en el taller de Jesús Picón, y de la profunda devoción que despertó en Santiago a través de su cofradía. Hoy dirigimos de nuevo nuestra mirada a otra obra del mismo escultor, conservada en la iglesia conventual de San Francisco: el grupo escultórico que representa el Tránsito de San José, una pieza que en otro tiempo formó parte de la capilla del Hospital Real.

La obra fue realizada por Jesús Picón en 1919, y policromada por José Otero, por encargo del capellán del Hospital Real, don Daniel Blanco Otero. Su finalidad estaba estrechamente vinculada con la propia función asistencial de la institución: ofrecer a los enfermos, especialmente a quienes se encontraban en situación más grave, la protección e intercesión de San José y, al mismo tiempo, presentarles el ejemplo del Santo patriarca como modelo de una buena muerte.

En diciembre de aquel mismo año, el grupo escultórico fue presentado públicamente en la ebanistería Freire, antes de incorporarse al culto, de ahí que aparezca firmada en la base con el año 1920 y con el nombre de su autor. Su realización se inscribe, además, en un momento de creciente expansión de la devoción a San José, tanto en la Iglesia universal como en el ámbito diocesano. No es un dato menor que, precisamente en 1919, el papa Benedicto XV introdujese en el Misal Romano el prefacio propio de San José; la decisión se producía en el contexto de las celebraciones por el cincuenta aniversario de su proclamación como patrono universal de la Iglesia, realizada por Pío IX en 1870.

La imagen compostelana quedó vinculada al culto de la Pía Unión de Agonizantes de San José, una asociación que alcanzó una notable difusión por todo el mundo católico y que tenía entre sus principales objetivos la oración por quienes se encontraban en los últimos momentos de su vida. Su festividad se celebraba entonces en la jornada del Patrocinio de San José, fijada en aquel momento, después de unos cambios, en el miércoles de la tercera semana después de Pascua.

El grupo escultórico se dispone sobre una amplia base cuadrangular, concebida a modo de suelo, en cuyo centro se sitúa un humilde catre sobre el que yace San José en sus últimos momentos. A su derecha aparece Nuestro Señor Jesucristo, sentado y en actitud dialogante con su padre adoptivo, al tiempo que parece señalarle el feliz destino que le espera. Al otro lado, la Virgen María, postrada y visiblemente afligida, lleva una mano al pecho en un gesto de profundo dolor. Junto a ella, un joven ángel irrumpe en la escena para ofrecerle consuelo, completando así una composición en la que las figuras se disponen en círculo alrededor del moribundo.

Ante la carencia de fuentes evangélicas acerca de este episodio, el escultor siguió las descripciones de algunas revelaciones privadas, como las de la M. María de Agreda, que en su obra relata detalladamente el pasamiento de San José, y que ilustra a la perfección este grupo escultórico compostelano: «El Redentor del mundo le dio la bendición y le dijo: Padre mío, descansad en paz y en la gracia de mi Padre celestial y mía, y a mis profetas y santos, que os esperan en el limbo, daréis alegres nuevas de que se llega ya su redención. En estas palabras del mismo Jesús y en sus brazos expiró el santo y felicísimo José y Su Majestad le cerró los ojos; y al mismo tiempo la multitud de los ángeles que asistían con su Rey supremo y Reina hicieron dulces cánticos de alabanza con voces celestiales y sonoras y luego por mandato de Su Alteza llevaron la santísima alma al limbo de padres y profetas, donde todos la conocieron, llena de resplandores de incomparable gracia, como padre putativo del Redentor del mundo y su gran privado».

Luis Ángel Bermúdez Fernández