La devoción a Nuestra Señora de Pastoriza y el P. Ignacio García Gómez

Octubre es un mes muy especial para el santuario de Pastoriza, en el municipio coruñés de Arteixo, ya que, durante el mismo, se honra con especial devoción a Nuestra Señora coincidiendo con el mes dedicado al Santo Rosario. Consta que el santuario o la iglesia parroquial existía ya en el mismo solar en el año 881, ya que esta es la fecha que figura en la inscripción de la lauda sepulcral de un abad que regía el templo en aquellos años. La iglesia que hoy vemos no se parece en nada al templo medieval de aquel entonces: era de planta rectangular, hecho de cachotería y con cubierta a dos aguas. Conforme pasaron los siglos, en su portada fue colocado el tímpano que vemos actualmente en el interior, acompañado de una ilegible inscripción de la que hay las más variopintas interpretaciones. Junto a esta pieza, testimonio de la devoción mariana en este lugar durante la Edad Media, se conserva la cabeza de la antigua imagen de la Virgen, de estilo gótico, cuya efigie fue transformada según las modas para poder ser vestida. El santuario fue totalmente renovado en 1686 gracias a la devoción de don Juan del Río, capitán escribano de S.M. y del Gobierno y Capitanía General del Reino de Galicia, señor del Coto de Suevos, que financió la totalidad de la obra.

En tiempos de Jerónimo del Hoyo, a inicios del siglo XVII, la iglesia de Pastoriza era un punto importante de peregrinación en la comarca, como atestiguan también los múltiples exvotos conservados; nos dice del Hoyo: “en esta iglesia de Santa María de Pastoriza hay una imagen de mucha devoción y de muy grande concurso y romería. De sólo el petitorio se saca cada año más de doscientos reales”. Entre los múltiples romeros que acudían a venerar a Nuestra Señora desde la ciudad herculina a inicios del siglo XVIII, se encontraba un joven carballés que terminaría su existencia terrena como religioso jesuita al otro lado del Atlántico, donde hizo un gran apostolado de la advocación de Pastoriza. Ignacio García Gómez nació el 11 de enero de 1696 en la feligresía de San Verísimo de Oza, municipio de Carballo, hijo de Domingo García e Isabel Gómez. Viendo que Ignacio tenía grandes dotes intelectuales, fue enviado a estudiar humanidades, aprovechando su estancia en la ciudad de A Coruña no solo para formarse intelectualmente, sino también para vivir con profundidad su vida de fe. En su tiempo libre, nos cuentan sus biógrafos, visitaba las iglesias de la urbe y, cuando el clima se lo permitía, solía peregrinar al santuario de Pastoriza, a la que siempre profesó una gran devoción. Delante del Santísimo Sacramento decidió, cierto día, ingresar en la Compañía de Jesús: hizo un noviciado ejemplar en Villagarcía de Campos, cursó Teología en Salamanca y, luego de su profesión y ordenación, se embarcó hacia América para predicar a Cristo.

En el nuevo continente, el P. Ignacio se encaminó a Santiago de Chile, donde el provincial le encomendó trabajar en el colegio que la Compañía tenía en Serena. De regreso a Santiago de Chile, desempeñó el cargo de ministro en el convictorio de San Francisco Javier, y pasó posteriormente a enseñar Filosofía en la ciudad de Concepción. En Santiago de Chile dio clases, años después, de Filosofía, Teología y Retórica; en este momento hizo el cuarto voto jesuita, de obediencia al Papa, y trabajó como Operario del colegio que la congregación tenía allí. Aparte de la formación intelectual, el P. Ignacio dedicó muchas horas a predicar, a confesar, visitar moribundos, consolar a los presos, dirigir espiritualmente a muchos seglares y conventuales, dirigía los ejercicios ignacianos… No descuidaba las misiones populares: predicó en Curimón, Aconcagua, Ligua, Petorca, Illapel, Mincha, Choapa, Puturún, Quillota, Melipilla, San Pedro, Colchagua, donde fundó un colegio, y Malloa. De vuelta en Santiago de Chile, el P. Ignacio fue propuesto como consultor de la provincia, prefecto espiritual de consultores y rector del Colegio de San Miguel.

Pese a sus ocupaciones apostólicas, el jesuita carballés sacaba tiempo para rezar, meditar y mortificarse. El 8 de mayo de 1728 hizo voto de rezar diariamente el Rosario en honor de Nuestra Señora, a la que él invocaba mirando hacia su añorado santuario de Pastoriza; en el documento donde señaló esta promesa, su nombre fue estampado empleándose de su propia sangre. Escribió obras de corte espiritual como Desengaño consejero sobre los ejercicios de San Ignacio, Contemplación seráfica sobre las perfecciones divinas o Respiración del Alma. Sin embargo, uno de sus mayores logros fue la fundación de un convento de dominicas en Santiago de Chile, puesto bajo el patronazgo de Santa Rosa de Lima. Esta casa se originó gracias a un grupo de mujeres piadosas que se reunían para rezar y llevar una vida en común. Su priora, allá por los años cuarenta del siglo XVIII, sor Josefa de San Ignacio, hija espiritual del P. García Gómez, ideó la idea de convertir ese grupo en una comunidad de la segunda orden de Santo Domingo. El P. Ignacio apoyó y movió las influencias necesarias para llevar a término la fundación; sin embargo, puso un requisito: si el nuevo convento estaría bajo la titularidad de Santa Rosa, la iglesia estaría dedicada a su querida Virgen de Pastoriza, de cuya advocación había mandado hacer una imagen. Así fue. La iglesia fue bendecida solemnemente el 3 de julio de 1742, según señala el P. Enrich en la obra Los Jesuitas de Chile: del Colegio de San Miguel salieron, aquel día, las imágenes de San Francisco Javier y San Ignacio, acompañadas de múltiples devotos con velas encendidas en sus manos; junto a los santos jesuitas iba ricamente engalanada la Virgen de Pastoriza, a la que sucedían los jesuitas y el Cabildo, que portaba las varas del palio que resguardaba el Santísimo Sacramento. Al llegar a la calle de Santo Domingo, los dominicos salieron con la imagen de su fundador y la de Santa Rosa de Lima. Llegados a la nueva iglesia, la Eucaristía fue reservada en el tabernáculo y, en la hornacina principal, fue depositada la imagen de la Virgen de Pastoriza. El P. García Gómez hizo la promesa de que, luego de su fallecimiento, le fuese extraído el corazón y fuese este sepultado a los pies de aquel altar, junto a Nuestra Señora. Para honrarla anualmente y dar mayor impulso a su devoción compuso la obra Novena a Nuestra Señora de Pastoriza.

Luego de una vida sacrificada extendiendo la Palabra de Dios en tierras americanas, logrando que muchas almas conociesen el nombre de Jesús y también el de María, en su especial advocación de Pastoriza, el P. Ignacio enfermó gravemente: falleció a las diez de la noche del 2 de octubre de 1754. Sus funerales fueron muy concurridos, ya que vivió y murió en olor de santidad. Esta fue corroborada por los múltiples milagros obrados por su intercesión a los pocos meses de morir a este mundo. La Compañía hizo los preparativos necesarios para iniciar la investigación canónica que llevaría el P. Ignacio al honor de los altares; sin embargo, las vicisitudes que vivió en aquellos años, especialmente su supresión, frenó la causa. Del mismo modo, nada se sabe del paradero de sus restos, tampoco de la imagen de Nuestra Señora de Pastoriza aunque, por suerte, el convento fundado y la iglesia en su honor sí que llegó hasta nuestros días.

Luis Ángel Bermúdez Fernández