Decía el Papa, comentando las lecturas del domingo 20 de septiembre, que “los designios de Dios son infinitamente más grandes y, digamos, más “humanos” que aquellos que nosotros, hombres y mujeres marcados por el pecado, podemos concebir y llevar a cabo. Por eso, he aquí la llamada más actual que nunca del profeta: abandonar nuestros caminos torcidos y volver al Señor, que es misericordia y perdón” Esto es, somos llamados a aceptar la humanidad de Dios. Humanidad que tiene una justicia de misericordia y perdón y que nos aleja de los “caminos torcidos”.
No pude evitar relacionar el mensaje con la encíclica Magnifica humanitas cuando defiende que “cuando la dignidad de los hermanos se ve desfigurada, cuando la política no responde a los dramas de la humanidad, cuando la economía se vuelve contra la persona o la ciencia traspasa los límites de su método, la Iglesia —junto con las demás confesiones cristianas y los creyentes de otras religiones— debe hacer oír su voz no para dominar, sino para servir a la comunión.” Para hacer de la Doctrina social “una teología de la comunión en la historia; un lugar en el que la Palabra, hecha carne, sigue convirtiéndose en diálogo, memoria y profecía.” Porque de alguna manera el camino torcido está relacionado con la falta de misericordia concreta.
En septiembre el Papa nos invita a los cristianos a tomar caminos de justicia de misericordia y perdón, cuando, al reunirse con la Delegación de la Federación Luterana Mundial, ha recordado que la intención de Lutero, al leer en Augsburgo el 25 de junio de 1530 su confesión, esta “fue concebida originalmente como un documento de reconciliación dentro de la Iglesia” y que “como señaló mi predecesor san Juan Pablo II— tenían la «intención de dar testimonio de su fe en «la Iglesia una, santa, católica y apostólica»»
Añadía el Papa como un camino a seguir que “Con vistas a 2030, sería bueno que pudiéramos lograr nuevamente afirmar juntos el potencial ecuménico preconfesional de la Confessio Augustana” y que”Volvamos, con profunda devoción, a nuestras raíces comunes, a la fe de la Iglesia primitiva y de los Padres de la Iglesia, para redescubrir el patrimonio apostólico y preconfesional que verdaderamente nos une como hermanos y hermanas, en Cristo.” Ya que “Cristo no debe convertirse en una «palabra extraña» en nuestro mundo. Nuestro mundo necesita testigos ecuménicos de Cristo que lo den a conocer mediante su vida y sus obras, porque solo Cristo es la fuente viva capaz de colmar los anhelos más profundos de la humanidad.”
En resumen, frente a los caminos torcidos de crispación que nos rodean es posible crear caminos que busquen la común unión de los creyentes para defender relaciones fundadas en la misericordia y el perdón que Dios nos da cada día.
María Puy






