En la introducción Magnifica Humanitas el Papa recuerda a aquel del que tomó el nombre, León XIII, porque actualizó el amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo hablando de las novedades/“rerum novarum” necesarias para un buen “anuncio del Evangelio (que) no puede olvidar la vida concreta de los pueblos” .
León XIV para iniciar su personal “reflexión sobre la sociedad, la economía y la política que hoy llamamos “Doctrina social de la Iglesia” acude como sus antecesores a “ la Sagrada Escritura y (en) la Tradición y, (en) diálogo con las ciencias” pues considera que esa doctrina social “nos ayuda a leer con lucidez los desafíos del presente, identificando caminos adecuados para vivir un testimonio cristiano límpido, con alegría y al servicio del mundo”.
Para el Papa la principal transformación humana hoy está en los avances de la técnica, a través de la digitalización, la inteligencia artificial y la robótica dado que “el poder y la omnipresencia de las tecnologías emergentes se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones e inciden profundamente en el imaginario colectivo: «Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma».”
Dirá el Papa que la técnica en si no es ni buena ni mala sino que depende de quien use esos instrumentos “capaces de causar daño cuando no se orientan hacia el bien” y siguiendo a sus antecesores recordará que “«No podemos ignorar que la energía nuclear, la biotecnología, la informática, el conocimiento de nuestro propio ADN y otras capacidades que hemos adquirido […] dan a quienes tienen el conocimiento, y sobre todo el poder económico para explotarlo, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero». En el pasado, eran principalmente los estados los que impulsaban y orientaban la innovación. Hoy, en cambio, los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos. El poder tecnológico adquiere así un rostro inédito, predominantemente “privado”, y por ello aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común.”
Para mejor explicarse el Papa usa dos claras imágenes del Antiguo Testamento la de la Torre de Babel y la de la reconstrucción de las murallas de Jerusalén tras la vuelta del Pueblo de Israel desde Babilonia a una ciudad derruida. En las dos imágenes la humanidad se dedica a construir algo, pero “A la luz de estas dos imágenes, el Espíritu Santo hoy nos interpela acerca de nuestra relación con la tecnología y con la revolución digital en curso. Los descubrimientos científicos son un talento entregado a la humanidad para que lo haga fructificar (cf. Mt 25,14-30). La tecnología puede curar, conectar, educar, cuidar la Casa común; pero también puede dividir, descartar, generar nuevas injusticias. En abstracto, esta, en sí misma, no es una solución a los problemas de la humanidad, como tampoco es un mal en sí; pero, concretamente, no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza. Por eso, la primera elección no es entre un “sí” o un “no” a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén”
Para el Papa el síndrome de Babel es “la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos.”, mientras que reconstruir las murallas de la ciudad santa de Jerusalén significa “reconocer que, en la pluralidad de voces y visiones que a veces recuerda la dispersión de las lenguas, existe, sin embargo, una posibilidad luminosa: la de edificar juntos, transformando la diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad. Y, en esta obra compartida, los cristianos encuentran su propia forma de construir: orientar la acción hacia Dios, para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en el desorden, sino que, en la práctica de la sinodalidad, se convierta en el espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último”
Para esta reconstrucción el Papa nos ofrece en su escrito “principios para pensar, criterios para discernir y juzgar, y orientaciones concretas para actuar” de los cuales hablarán las próximas entretelas.
María Puy






