Agosto es, en nuestra geografía parroquial gallega, un mes eminentemente mariano, pues, partiendo de la solemnidad de la Asunción de la Virgen, son muchas las feligresías que veneran a María bajo las más variadas advocaciones, repitiendo, sin duda, otras más propias de otros meses, como es la Virgen del Carmen. Sin embargo, como preludio a la fiesta de la Natividad de Nuestra Señora, cuando más suele celebrarse este título, otras muchas la honran y veneran bajo el título de «los Milagros», como sucede a finales de este mes en la parroquia de Santiago de Traba, en Laxe, o como más adelante lo hará la parroquia de Caión, donde alcanza una afluencia multitudinaria.

No obstante, próxima a la Catedral, en la iglesia de San Félix de Solovio se puede hallar una imagen de este título ocupando el retablo mayor y que, en otra hora, gozó de la estima y devoción de muchos compostelanos. El origen de esta devoción en Santiago se remonta al año 1619, cuando, siguiendo un inventario de asociaciones pías de la ciudad a finales del siglo XVIII, su cofradía fue «fundada (…) por Mateo Ramos, mercader, y otros; tiene constituciones aprobadas por el ordinario eclesiástico el 3 de septiembre de 1625». En efecto, como testimonio de su existencia, se conserva en el Archivo Histórico Diocesano una documentación que abarca desde 1764 hasta 1897.

La imagen de la Virgen que hoy contemplamos no es la original, la antigua, sino una obra de Jesús Picón, donada por la devota Dolores García en el año 1925, para más aumento de la veneración a los Milagros. En ella se muestra a María en dulce diálogo con el Niño Jesús, que descansa en su brazo izquierdo, mientras que, con la mano derecha, acaricia uno de sus pies. La Virgen va vestida con una amplia túnica roja, cubierta por un manto azul y un velo blanco, cuyos pliegues caen paralelos hasta sus plantas. Allí, dos ángeles se sientan sobre la nube que le sirve de trono, mientras otras dos cabecillas de querubines emergen elevando su mirada.

Picón hizo, además, otras tallas marianas para la ciudad, como la Virgen de la Quinta Angustia (1921) o la Virgen del Carmen de la ermita de O Carme de Abaixo (1936); del mismo modo, en cuanto al santoral, para Sar hizo una talla de san Roque o, la más famosa y considerada en su tiempo, el Tránsito de San José (1919), encargado por el sacerdote don Daniel Blanco Otero para la capilla del Hospital Real. La obra fue policromada por José Otero y «las figuras de san José, el Divino Jesús, la Virgen y el ángel» parece que se corresponden con las depositadas hoy en la iglesia de San Francisco, en su entrada. Para la misma capilla del Hospital hizo, también en los años veinte, una imagen de la entonces beata Luisa de Marillac.

Mientras su compañero Otero restauraba el retablo mayor de San Tirso de Cando, Picón hizo para Abelleira un Sagrado Corazón de Jesús; para Maceda y Agrón envió imágenes de san Lorenzo y, para puntos más lejanos, envió para la iglesia de Santiago de Viveiro un grupo escultórico de gran tamaño que representaba a la Virgen de las Tres Avemarías, encargo de la señora Saturnina Bujardos.

Sin duda, la imagen de la Virgen de los Milagros de Solovio, como tantas otras, rememora, por una parte, una devoción que hoy, desgraciadamente, pasa desapercibida y que en otros tiempos fue totalmente sobresaliente. Por otra, la talla es un eco interrumpido de la tradición escultórica que hubo en esta ciudad, unida a otros oficios relacionados con el arte religioso, que alimentaban tanto la demanda de piezas sacras para la Basílica jacobea como la necesidad de las parroquias más lejanas y remotas de la diócesis.

Hoy la imagen de los Milagros no ocupa el retablo mayor original de este templo, fabricado por Diego de Sande luego de que, en 1725, el maestro Domingo López corriese con la obra de ampliación y reedificación de la capilla mayor. Aunque en un principio fue asignado a Antonio de Alfonsín, la fábrica parroquial terminó concediendo el remate a Sande, quien todavía en el mes de junio de 1727 se hallaba trabajando en la pieza, un poco a desgana, pues la feligresía veía «lo mal que asistía en la obra dicho maestro» (Cabildo parroquial, 21 de junio de 1727). El retablo fue finalmente pintado en 1732 por Juan Calviño.

Este retablo fue retirado en el primer tercio del siglo XX, pues Couselo Bouzas indica que, en su tiempo, había sido asentado en la capilla mayor uno de estilo neorrománico construido por Francisco del Río. Sin embargo, en una fecha que desconozco, se puso en su lugar el retablo que hoy vemos, hecho para y por la cofradía de los Milagros para un espacio colateral. Este es obra de Alejandro Nogueira y de Andrés Ignacio Mariño, que lo ejecutaron en 1752 por 2.900 reales. En él, en su calle central, dentro de un pabellón en el que se figuran unas telas, flanqueada por columnas panzudas, pilastras y estípites, entre cintas, tarjas y espejos, se reserva la Virgen de los Milagros, a la espera de la oración de sus fieles devotos. Y es precisamente este conjunto, imagen y retablo, el que permite reconocer todavía hoy la huella de aquella cofradía y de una devoción que, aunque haya perdido buena parte de la presencia que tuvo en otro tiempo, permanece incorporada a la historia religiosa y artística de San Félix de Solovio, y siendo parte de la memoria de tantos compostelanos que acudieron a los pies de esta imagen y que hicieron de este rincón, como también de la capilla de Belvís o del Carmen de Arriba, por ejemplo, un lugar más de la devoción mariana de Compostela.

Luis Ángel Bermúdez Fernández