El viernes 29 de agosto marcó el final de la peregrinación diocesana de la Archidiócesis de Santiago de Compostela en el Jubileo de la Esperanza. Fue una jornada de regreso, con la mirada puesta en el viaje de vuelta, pero también con un último regalo espiritual antes de partir: la visita a las catacumbas de San Calixto.
Allí, en el silencio de la tierra que guarda la memoria de los primeros cristianos, los peregrinos se dividieron en dos grupos para recorrer los pasillos subterráneos guiados por expertos que desvelaron la historia de fe y martirio que habita en aquellas galerías.
Tras el recorrido, todos se reunieron para celebrar juntos la Eucaristía, presidida por el arzobispo compostelano, monseñor Francisco José Prieto Fernández. En la liturgia, marcada por la memoria del martirio de San Juan Bautista, se recordó también a tantos testigos de la fe sepultados en aquellas criptas: papas mártires, los primeros creyentes y, de manera especial, Santa Cecilia.
Con esa celebración cargada de simbolismo se cerró un itinerario que, durante cinco días, unió la espiritualidad, la comunión y la belleza de Roma. Después, llegó el traslado al aeropuerto y el regreso a Galicia, con el corazón lleno de experiencias y la certeza de haber compartido un camino que va más allá del viaje físico.
El balance de la peregrinación no pudo ser más positivo. Los participantes expresaron su alegría por lo vivido: la riqueza de las visitas, la hondura de la oración y, sobre todo, el haber fortalecido el espíritu de Iglesia diocesana. La cercanía del arzobispo de Santiago, siempre presente en cada jornada, fue otro de los dones más apreciados por los peregrinos.
Roma se despide, pero el eco de esta experiencia jubilar seguirá resonando en las parroquias de Compostela. Porque lo vivido no termina en el regreso: es semilla de comunión y esperanza que ahora germinará en tierra gallega.






