Miradas 48

Cuadragésimo octavo día de confinamiento. Empezamos a ver la luz al final del túnel. Después de más de mes y medio en riguroso confinamiento domiciliario podemos salir a estirar las piernas. Es un alivio importante para muchas personas que, por múltiples causas, necesitan pasear, sentir el aire en la cara. Este encierro ha puesto en tela de juicio nuestras convicciones más arraigadas, que son precisamente aquellas sobre las que no acostumbramos a pensar porque nos han venido dadas. Nacimos inmersos en ellas y nos movemos en su obviedad como un pez en el océano. Por ejemplo, la libertad de movimientos, tan limitada en estas últimas semanas.

Desde una visión crítica, hay ciudadanos para los que es evidente que no vivimos en una sociedad libre. Inciden en que en realidad somos esclavos del poder financiero o de las estructuras (en este caso se sitúan los independentistas). Se refieren, evidentemente, a una libertad política y física, a la que habla de no ponerle ataduras ni límites a los deseos individuales. No hablan de la libertad “ontológica”, esa a la que nos lleva la Verdad, sino de un concepto de libertad anémico, que se limita al “hacer lo que me apetece”.

En todo caso, también aquí todo es relativo. La mayor parte de la humanidad sueña con disfrutar de esa libertad, por raquítica que nos parezca a los cristianos. Estamos tan acostumbrados a la democracia que nuestros jóvenes creen que es un logro al alcance de todo el mundo, una realidad incuestionable y eteerna. Los que tenemos una cierta edad sabemos que es un bien precioso que se conquista día a día. La libertad, la democracia, son derechos inalienables, pero no se nos regalan. Si no los defendemos siempre habrá alguien dispuesto a negárnoslos. Es el fruto de la tentación a dominar a los semejantes.
Mis hijas me miran como si fuese un mentiroso irredento cuando les cuento que su abuela no podía firmar un contrato y que su vida dependía por entero de un hombre: primero su padre, luego su marido. Sencillamente les parece imposible recibir órdenes de un hermano o de un novio. Sin embargo, esta es una situación que se perpetúa hoy en todos los continentes con la única excepción de la Europa comunitaria, y aún esto no me atrevo a afirmarlo tajantemente.

La pandemia limitó nuestra libertad de movimientos. Sacrificamos un derecho constitucional para proteger la vida de nuestros conciudadanos. Y la inmensa mayoría lo hicimos sin hacer de ello un problema. Y aquí rozamos el concepto cristiano de libertad. Ésta no es absoluta, no es autónoma. Va estrechamente ligada a la responsabilidad, está al servicio del bien común, cede ante los derechos de los hermanos. Es exactamente lo que hemos hecho los españoles en estas semanas. Un motivo más para la esperanza. Un argumento más para defender una Iglesia abierta, sin miedo, en diálogo fecundo con el mundo.

Antonio Gutiérrez

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