El abad Casiano cuenta del abad Juan
que había ocupado altos puestos en su congregación
y que había sido ejemplar en su vida.
Estaba a punto de morir y marchaba alegremente
y de buena gana al encuentro del Señor.
Le rodeaban los hermanos
y le pidieron que les dejase como herencia una palabra,
breve y útil,
que les permitiese elevarse a la perfección que se da en Cristo.
Y él dijo gimiendo:
«Nunca hice mi propia voluntad,
y nunca enseñé nada a nadie
que no hubiese practicado antes yo mismo».






