“La mies es mucha, pero los obreros pocos. (…) Id: que yo os envío…”
El pasado domingo 6 de julio de 2025, en el corazón del Camino «A Orixe», vivimos un momento que difícilmente podremos olvidar. Tras una jornada intensa y llena de vivencias, un grupo de 86 peregrinos de la Compañía de María llegamos a Rianxo, y allí, al caer la tarde, algo extraordinario sucedió: celebramos la Eucaristía en la Capilla de la Virgen de Guadalupe, la pequeña y querida «moreniña», patrona del municipio.
El templo, de estilo gótico marinero, nos acogió con su sencillez y belleza serena. Su historia y su atmósfera ya predisponían el alma. Pero lo que allí ocurrió fue mucho más que una misa: fue un regalo, una verdadera experiencia de Dios en medio del Camino.
La celebración estuvo presidida por Don Marcelino Sánchez, un sacerdote amable, afable y muy cercano, cuya manera de estar y de transmitir nos ayudó a todos a sentirnos en casa. Entre los bancos de madera, además de nuestros compañeros de ruta, se sumaron algunos lugareños, así como Saturio y Marian, de la Asociación Amigos do Camiño de Santiago do Barbanza e Sar – A Orixe, que siempre nos acompañaron con cariño y discreta generosidad.
Las lecturas del día parecían elegidas especialmente para nosotros. Como si el Espíritu supiera lo que necesitábamos oír en ese preciso momento del Camino. En particular, el Evangelio de Lucas (10, 1-12.17-20) nos impactó profundamente: Jesús enviando a sus discípulos de dos en dos, enviándolos a llevar la paz, la alegría y la Buena Nueva a cada casa, a cada pueblo y a cada rincón del mundo.
Aquellas palabras resonaron con fuerza en nuestros corazones peregrinos. Porque no estábamos simplemente caminando hacia Santiago. Estábamos siendo enviados, enviados a vivir con esperanza, a servir con alegría, a ser consuelo y luz para los demás.
Y en medio de todo aquello, como si el cielo quisiera sellar con su propia firma lo que allí ocurría, justo en el momento de la consagración del pan y del vino, un hermoso y potente rayo de sol iluminó el altar. Fue un instante breve, pero cargado de sentido. Un signo luminoso, que pareció hablarnos sin palabras: “Estoy con vosotros”.
Salimos de aquella capilla más ligeros y más fuertes, emocionados, muchos llorando de felicidad, con el alma ancha y agradecida, como si esa misa nos hubiera alimentado por dentro. Era como si la Virgen “moreniña” nos hubiera acogido bajo su manto y el Señor nos hubiese dicho al oído: “¡Poneos en camino!” ¡Y andad siempre… en Compañía de María!
Gracias, Don Marcelino, por su cercanía, por su presencia y por facilitarnos ese espacio de encuentro profundo con la fe. Gracias por sus palabras sencillas y verdaderas. Gracias por ayudarnos a reconocer que caminar también es “ser enviados”, como el peregrino, que a diferencia del vagabundo, sabe cuál es su verdadera meta; y que la misión más importante comienza, muchas veces, cuando nos quitamos las mochilas, pero dejamos abiertas las manos y el corazón para servir, amar y adorar en todo a Dios. ¡Buen camino!
Compañía de María
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