Santos catacumbales en nuestra Archidiócesis: San Silviniano, mártir (siglo III)

Entre el 25 de mayo y el 3 de julio de 1795, la iglesia conventual del Carmen de Arriba, en Santiago de Compostela, fue un auténtico hervidero de devotos que con el pío motivo de la llegada de los restos de san Campio, cuyo destino era la iglesia de San Orente de Entines, acudieron en masa a ver y a venerar las reliquias del Santo soldado, regalo del Cardenal Celada a la parroquia capital de su arcedianato. En vista de la gran afluencia, las venerables MM. Carmelitas de aquel entonces expresaron el sentimiento de “santa envidia de que san Campio no fuese para nosotras y se metiese en una aldea una cosa tan grande”. Para saciar este afecto por las reliquias, el Cardenal les envió otro cuerpo catacumbal, el de Santa Orícera, justificando que era más idóneo para su espiritualidad contar con el cuerpo de una virgen romana, que el de un Santo militar, como era el de san Campio.

Medio siglo más tarde, en el año 1860, llegaba al relicario del Real Monasterio de san Pelayo de Antealtares el cuerpo del niño san Silviniano, tesoro que todavía conservan las MM. Benedictinas. Los huesecillos de este infante romano, martirizado hacia el año 260 en la persecución de Valeriano, fueron hallados en las catacumbas de Santa Ciriaca, en Roma, según apunta el Dr. Carro Otero en la guía del Museo de Antealtares; en un artículo de 1924 de José María Moar se dice, en cambio, que el lugar de extracción fueron las catacumbas de Santa Priscila. Frente a otros santos catacumbales de los que no se conservó el nombre, tenemos constancia de este en cuestión gracias a la inscripción de la placa con el que fue hallado, junto al vas sanguinis, que reza lo siguiente: “Pater filio Silviniano benemerenti in pace qui habet depossione brumis”. Un clérigo tradujo esta como “el padre, a su hijo Silviniano, que descansa en bien merecida paz, víctima de la más fría crueldad”. Por la malinterpretación del texto de la placa, se llegó a afirmar en algún periódico compostelano de inicios del siglo XX que el niño había padecido el martirio por manos de su propio padre, dotando a su hagiografía de una visión romántica y novelesca sin tener el más mínimo fundamento.

Los restos fueron extraídos del cementerio romano el 22 de febrero de 1844 por orden del papa Gregorio XVI, procediendo a su revisión y adorno, donde las reliquias fueron introducidas en una imagen yacente de cera vestida a la romana, que finalmente fue encerrada en una urna junto a la lápida y el vaso de la sangre. Las reliquias pasaron a la propiedad de Fray Rosendo Salvado; en el artículo de José María Moar se indica que el cuerpo fue entregado a la dueña del pazo de Golpelleira, en Villagarcía, y que luego esta cedería a Fray Pablo Martínez, de la Orden de san Benito, el 18 de septiembre de 1851. En el año 1860 el cuerpo pasaría, como fue señalado, a engrosar la numerosa colección de reliquias del monasterio de Antealtares.

La memoria de san Silviniano se celebra el 22 de noviembre, antaño con una Misa cantada, privilegio que fue otorgado por el papa Pío IX el 27 de junio de 1851. Este benemérito pontífice otorgó el 12 de septiembre de ese año indulgencia plenaria para cuentos recen ante el cuerpo santo desde las primeras vísperas hasta el anochecer del día 22, con las condiciones debidas. Del mismo modo, Pío IX otorgó cien días de indulgencia a cuantos recen un Padre nuestro, Ave María y Gloria ante las reliquias cualquier día del año. Fray Domingo Moreno, obispo de Cádiz y Algeciras, como reza una estampa antigua, concedió en 1852 cuarenta días de indulgencia para cuantos recen ante el cuerpo. Fray Santiago Rodríguez, obispo de Lugo, concedió en 1853 cincuenta días de indulgencia para cuantos rezaren tres Credos ante el niño mártir. Ese mismo año, don Telmo Maceira, obispo de Mondoñedo, concedió cuarenta días, y lo mismo hizo don Juan Ignacio Moreno, obispo de Oviedo, en 1858, y don Benito Forcellado, obispo de Astorga, en 1863.

El Santo gozó de gran popularidad hasta mediados del siglo XX, momento en el que su devoción decayó del todo; hasta el momento, como se puede observar en la hemeroteca, los diarios compostelanos invitaban en las fechas próximas al 22 de noviembre a la participación de los fieles, ya que el cuerpo estaría expuesto desde muy temprano hasta la noche, y se indicaba la celebración de la susodicha Misa cantada a las diez u once de la mañana.

Luis Ángel Bermúdez Fernández