Una de las místicas más reconocidas en Galicia fue, sin duda, la M. María Antonia de Jesús (1700-1760), fundadora del convento carmelitano de Santiago de Compostela; esta recibió grandes prerrogativas divinas que motivaron su labor religiosa y su crecimiento espiritual, falleciendo en su día con probada fama de santidad. En otro de los monasterios de la capital gallega, concretamente en San Pelayo de Antealtares, vivió otra monja con una existencia particular: la M. Ignacia Martínez Sotelo (1803-1851). Esta segunda mística caía en éxtasis y raptos que le hacían ver personajes del santoral en los pasillos y demás dependencias monásticas, tener diálogos con el mismo Jesucristo, etc. Escribió, por indicación de sus superiores y directores, una autobiografía donde relata todas estas visiones, y donde es destacable extraer un argumento muy favorable acerca de su conducta: gracias a la M. Ignacia se mantuvo en Antealtares el canto y la liturgia solemne en aquellos tiempos tan convulsos para el catolicismo en España. Entre una y otra monja, entre la M. María Antonia y la M. Ignacia, los compostelanos se hicieron eco de la santidad de una religiosa mercedaria, apodada popularmente como “a Santiña das Madres”: sor María del Rosario, en el siglo María Josefa de Aedo González. Su vida se encuentra recogida en las obras La monja de las Madres, impresa en Santiago en 1812 y cuyo autor fue el sacerdote don Marcos Parcero, y Vida maravillosa de Sor María Josefa del Rosario: religiosa mercedaria descalza del Convento de Santiago de Compostela: muerta en olor de santidad el día 9 de Julio de 1805, de la que se conservan ejemplares impresos en 1909.
María Josefa Aedo nació en Ermua, Vizcaya, el 3 de noviembre de 1766 (en otras fuentes se dice que fue en 1767), hija de Manuel y Francisca. Luego del fallecimiento de su padre, cuando ella tenía unos catorce años, se trasladó con su madre a la ciudad de A Coruña, donde entra en contacto con las MM. Clarisas del convento de Santa Bárbara para aprender algunas labores. Confirmada su vocación religiosa, María Josefa decidió entrar como lega (monja profesa, exenta del coro y de otras tareas monásticas, con el fin de atender el trabajo de la casa) en el convento de la Merced de Santiago, tomando el hábito en 1789 con el nombre de sor María del Rosario. En estos primeros años se dedicó al cuidado de las enfermas, a cocinar para la comunidad, a preparar todo lo necesario para la vida ordinaria… Sin embargo, manifestó desde el primer momento un gran apego y devoción a las penitencias más duras y un amor profundo a la Eucaristía: hacia 1794-1795, en la octava de la fiesta de san Pedro Nolasco, donde la comunidad tenía por costumbre comulgar todos los días, llegó a pasar sin comer todas estas jornadas ya que, según ella, le era imposible tomar nada para recibir mejor a Jesús sacramentado. Junto a los ataques y tentaciones del Enemigo, comenzó a experimentar momentos de sosiego y de experiencias místicas, que culminaron el día 23 de septiembre de 1801, víspera de la fiesta de Nuestra Señora de la Merced. Estando esa jornada, sobre la una o dos de la tarde, ocupada en las tareas propias de una hermana lega, sor María del Rosario recibió una llamada interior que le indicaba que fuese al coro monástico. Aunque en un principio rechazó estas mociones, acudió a la iglesia, cayendo en un profundo éxtasis donde se le representó Jesucristo con este mensaje: “Quiero apartarte de la cocina y del tráfago, para que seas más continua en el coro entre mis esposas, porque gusto de verte entre ellas para mis fines”. Juntamente al Señor se aparece la Virgen María, que le tomó el velo blanco de lega que portaba, y se lo mudó por uno de color negro propio de las monjas profesas, con estas palabras: “Te doy el velo por mis manos para animarte y facilitarte más la imitación de mis virtudes”. Según indica don Marcos Parcero, sacerdote diocesano, nunca en Galicia se había visto un velo con semejante corte y modelo. La descripción de todo el éxtasis fue aportada en su día como testimonio fidedigno por el confesor de la religiosa, el P. Pedro del Corazón de Jesús.
Extrañadas las demás monjas mercedarias de esta novedad, e informados los superiores, todos ellos dieron el parecer de retirarle el velo negro, intención que la misma afectada aceptó gustosamente. Sin embargo, la prenda desapareció en el momento que debía ser entregada. Volvió a representarse el Señor a sor María con el objetivo de explicar lo que había pasado, diciéndole: “María, no te fatigues en buscar, yo he mandado retirar el velo porque no me lo merecen”. Por mandato Divino, el velo vuelve a aparecer con la orden de que la lega se lo coloque en la cabeza de nuevo, aunque ella, por obediencia a sus superiores, se lo entregó a la comunidad para que lo guardesen en un arca de tres llaves. Con esta acción, la religiosa cayó gravemente enferma, acordando los facultativos la ineficacia de los tratamientos y la inminencia de su muerte. Como último recurso, el confesor y otros clérigos ordenaron sacar el velo que había impuesto la Virgen a sor María del Rosario, impetrando la ayuda Divina en favor de su salud: en el momento que las hermanas se lo dieron colocado, la hermana experimentó una mejoría inimaginable, quedando totalmente repuesta e incorporada para realizar sus antiguos oficios.
Los prodigios en la vida de sor María del Rosario Aedo no quedaron ahí: asistiendo ya al coro, aunque con ciertas restricciones impuestas por la jerarquía, llegó a leer con facilidad el latín pese a contar con una corta instrucción, e incluso recibió el don de retener y pronunciar los salmos totalmente de memoria, sin necesidad de tomar el Breviario. Después de otro periodo de convalecencia, el Sr. Arzobispo, don Rafael de Múzquiz y Aldunate, decidió dispensarle y concederle al fin que pueda llevar el velo negro sin impedimento alguno, y que participe plenamente en la vida comunitaria: le fue impuesto el velo “divino”, recibido de manos de la Virgen, el 15 de febrero de 1804. Falleció en olor de santidad, luego de muchos padecimientos físicos, el 9 de julio de 1805, a la edad de 39 años y 17 de vida religiosa. Con motivo de sus exequias, muy concurridas por el clero y las demás comunidades religiosas de la ciudad, se proclamaba por las calles la santidad de sor María del Rosario Aedo, en adelante apodada como “A Santiña das Madres”. Aunque parece que hubo intención de estudiar el caso y su santidad de vida, debido a las vicisitudes religiosas y políticas experimentadas en el siglo XIX en España, no se llevó a cabo dicha tarea.
Luis Ángel Bermúdez Fernández






