El 3 de junio de 1742 fue una jornada de especial regocijo para la ciudad de Santiago de Chile, pues, tras años de esfuerzos, trabajos y desvelos, se bendijo la iglesia del Beaterio de Santa Rosa, casa que con el tiempo se transformaría en un convento de religiosas dominicas. La culminación de esta obra estuvo estrechamente vinculada a la figura del P. Ignacio García, de la Compañía de Jesús, nacido en la parroquia de San Breixo de Oza (Carballo) el 11 de enero de 1696.
Después de recibir su primera formación en A Coruña con los padres jesuitas, Ignacio García Gómez ingresó en el noviciado de la Compañía en Villagarcía de Campos, donde inició su preparación religiosa para continuar posteriormente sus estudios de Teología en Salamanca. Más tarde fue destinado a Chile como misionero, territorio en el que desarrollaría una intensa labor pastoral e intelectual. Sus aptitudes académicas, su notable capacidad de trabajo y su profunda espiritualidad le permitieron desempeñar diversas responsabilidades dentro de la Compañía, entre ellas la docencia en distintos centros de formación, la dirección espiritual de comunidades religiosas y, finalmente, el cargo de rector de uno de los colegios jesuitas.
En este contexto, el P. García estableció una estrecha relación con un beaterio de terciarias dominicas, cuyas integrantes aspiraban a fortalecer su vida espiritual y transformar su comunidad en un convento de religiosas de la misma orden. El P. jesuita se comprometió decididamente con este proyecto, aunque estableció una condición para la nueva iglesia: el retablo principal no estaría dedicado a santa Rosa, como inicialmente podría esperarse por la advocación del beaterio, sino a la Virgen de Pastoriza, imagen mariana a la que profesaba una profunda devoción desde sus años de estudiante en A Coruña.
Conservando en la memoria la imagen venerada en Arteixo, encargó la realización de una nueva representación para el nuevo templo. La efigie, ricamente ornamentada, fue colocada en el retablo mayor de la iglesia tras su bendición, realizada el 3 de junio de 1742. Desde entonces, el P. García Gómez dedicó sus esfuerzos a difundir esta advocación en Santiago de Chile y a promover la celebración de su festividad, fijada en el segundo domingo del mes de noviembre.
Con este propósito, el P. Ignacio publicó una novena dedicada al culto de la Pastoriza, impresa en Lima en 1745. En el prólogo de esta obra dejó constancia del origen de esta devoción y de su llegada al territorio chileno:
«Se extendió después la noticia, el culto y pública devoción de esta venerable imagen al nobilísimo Reino y ciudad de Santiago de Chile, en la América Meridional, por medio de un Padre de la Compañía de Jesús, que como esta religión, tan celosa de la gloria de Dios, tiene tan entrañada la devoción cordial a María Santísima, no descansa sin que promueva cada día más el culto de la celestial Señora en nuevas provincias y Reinos. En esta capital de Santiago de Chile se colocó la Madre de piedad con el nuevo renombre de Virgen de Pastoriza, con una procesión de las más solemnes, magníficas, vistosas y asistidas de concurso que se habrán visto en esta América. Habían fabricado los fieles piadosos para su culto el altar mayor en el templo de la gloriosísima Santa Rosa, patrona venerable de estas Indias; y sus devotísimas hijas la recibieron en él con entrañable amor y deseo de vivir bajo de su patrocinio, promoviendo perpetuamente su culto, como lo hacen, experimentando por este medio que, después que la Virgen de Pastoriza es venerada en su templo, ha ido siempre a más en felicidades su nuevo monasterio. No solo aquí, sino en toda la ciudad se han experimentado varios felices sucesos que dan motivo a que se mantenga vivo y fervoroso el culto de esta celestial Señora, por lo que está ya dotada su fiesta para celebrarse magníficamente cada año el día del Patrocinio, con la esperanza de conseguir así los pretendidos beneficios, y para tan importante devoción se extienda más y sea más universal el fruto, siendo tan liberal quien lo reparte, se escribe esta novena para que tengan más a mano los menesterosos el modo con que han de suplicar a la que por sí misma está tan pronta a favorecer».
Sin embargo, después de las oraciones correspondientes a cada día de la novena, el P. García Gómez, haciendo gala de su notable facilidad para la escritura, compuso una «Salve» de carácter poético y de profundo contenido espiritual. Se trata de una hermosa oración en la que, siguiendo cada una de las invocaciones de la plegaria atribuida a san Pedro de Mezonzo, ensalza las virtudes y grandezas de la Virgen. Por su interés literario y devocional, así como por tratarse de la obra de un eminente hijo de la Archidiócesis compostelana, resulta oportuno reproducirla íntegramente a continuación:
«Dios te salve, Reina y Madre/ que de España gran Señora/ viniste a ser en las Indias/ abogada portentosa.
Peregrina tan amable/ que a los humildes te adoran/ entre encendidos afectos/ los corazones les robas.
Dios te salve, a ti clamamos,/ como a Madre poderosa,/ los hijos tristes de Eva,/ entre penas y congojas.
El hacer grandes favores,/ es prenda tuya tan propia,/ que con razón tus amantes/ de Pastoriza te nombran.
Porque apacientas las almas/ de las personas devotas/ tan dulcemente, que arroyos/ de amor por sus ojos brotan.
Este título te muestra/ Madre de misericordia/ vida y dulzura, esperanza/ de los fieles que te invocan.
Por eso a ti suspiramos/ derramando a todas horas/ lágrimas de vivo llanto/ entre miserias penosas.
¡Ea, pues, Señor nuestra,/ del cielo apacible aurora!/¡Ea, amparo de afligidos,/ Pastoriza prodigiosa!
Vuélvenos esos tus ojos,/ tan bellos, que nos provocan/ a esperar de tu bondad/ insignes misericordias.
Y después de este destierro,/ en la patria venturosa,/ muéstranos el fruto amable/ de tus entrañas piadosas.
Repartiéndonos con él/ medida grande y copiosa/ de las inmensas riquezas/ que en tu poder atesoras.
¡Oh siempre Virgen María,/ Madre de Dios amorosa!/ Ruega por los que en tu templo/ de Pastoriza te invocan.
Para que seamos dignos/ de alcanzar por ti, Señora,/ aquellas promesas grandes/ que espera el alma devota.
Así, Madre, lo pedimos/ y esperamos, Reina hermosa,/ pues tu noble condición/ siempre fue bienhechora.
Sea así, logremos todos,/ tus grandes misericordias,/ confesando a voces que eres/ graciosísima Pastora.
Amén.»
Luis Ángel Bermúdez Fernández






