Unas notas históricas sobre la iglesia de Santa Eulalia de Senra (Oroso)

Santa Eulalia de Senra es una de las once parroquias que forman el municipio de Oroso, en la provincia de A Coruña. Su iglesia parroquial, de traza sobria y en consonancia con otras edificaciones rurales de su entorno, fue trasladada y erigida en su actual emplazamiento en el año 1740, concluyéndose las obras en 1742. El párroco de la época, don Juan Álvarez de la Peña, Comisario del Santo Oficio, dejó constancia escrita en el libro de fábrica de un valioso memorial en el que describe el estado y las circunstancias del templo precedente, las vicisitudes del proceso constructivo del nuevo edificio y la satisfactoria culminación de las obras. Veamos, pues, ese texto:

«En dieciséis días del mes de junio del año de 1735 tomé posesión de este curato de Santa Eulalia de Senra siendo digno Arzobispo el Ilmo. Sr. don José de Yermo Santibáñez, natural de la Coronada, villa de Madrid, abad de Alcalá, después Obispo de Ávila de donde vino a Santiago; fue prelado apasionadísimo a las letras, muy virtuoso y extremadamente caritativo; de todas sus riquezas, que eran muy copiosas, instituyó por herederos e hizo gratísima dotación a las iglesias y pobres del Arzobispado. Empecé a servir dicho curato en primero de noviembre de dicho año aunque sin frutos hasta el siguiente. La iglesia parroquial, sobre ser antiquísima, estrecha y limitada, amenazaba ruina por todas [sus] cuatro esquinas. Se ofendían de mirarla los ojos menos compasivos, y se desabría la veneración con la vergüenza del sitio subterráneo, inmundo y contenible tan ceñido por todas partes de estrecheces y pantanos que el afecto más caritativo se embarazaba en el terreno para extender o reparar la fábrica [carcomido] y en junta general que se hizo, discordaron y la mayor parte bien hallados con la pereza contradijeron la proposición; tres años gasté en persuadirlos suavemente, y perdí los tres años al fin de los cuales les representé al venerable Prelado mis ansias; las acogió benigno y las autorizó con su decreto mandando se mudase y fabricase dicha iglesia. Se opusieron algunos vecinos sublevados de un espíritu de disensión […] que vertió sediciones. Duró la enmarañada tiniebla de esta persecución hasta que rayó clara luz de una vista ocular, móvil de justa sentencia, en que quedaron condenados a perpetuo silencio sus engaños. Serenada la tormenta llegó el dichoso día de abrir las obras en 21 de marzo de 1740 y en el breve espacio de cuatro meses se concluyó el cuerpo de la iglesia y se colocó en ella al Santísimo Sacramento en procesión general y fiesta especialísima solemnizada de innumerables [carcomido]. En el año de 1742 se fabricó la capilla mayor y sacristía y luego consecutivamente se fue trabajando y haciendo todo lo demás hasta el estado en que hay se halla con todo a costa del caudal de la fábrica, cofradías y luminaria. El señor Conde de Altamira, patrono de este curato, dio voluntaria y bizarramente cuatro mil reales de vellón para la obra de la capilla mayor y lo restante del coro lo he suplido yo graciosamente. También he dado trescientos ducados para la obra del cuerpo de la iglesia; he dado mil cuatrocientos reales que costó enlosar toda la iglesia de piedras de cantería. Mas he dado setecientos reales para hacer el muro del atrio y el campanario que se halla en él quedando a cuenta de los vecinos traer la piedra; [carcomido] el retablo mayor costó cinco mil reales y se fabricó el año de 1759».

En la visita pastoral del 18 de mayo de 1722, ya don Luis de Salcedo había ordenado reservar «los caudales de fábrica y cofradías» para hacer una nueva iglesia, ya que la existente era «muy corta para lo numeroso de la feligresía». El Arzobispo Salcedo había recomendado no hacer ningún traslado, aprovechando la arquitectura anterior ampliándola «a proporción así del terreno en que se halla como de lo grande que es la capilla mayor».

De este modo, la planta del templo nuevo quedó articulada como un amplio rectángulo que funciona como nave destinada a la congregación de los fieles; a este espacio se añade una capilla mayor de idéntica configuración formal, al que se accede mediante un arco. Completando el conjunto, se adosa en la parte posterior una sacristía destinada al servicio de la iglesia. La fachada es muy sencilla: consta de un gran lienzo mural, edificado en sillería de tobre o piedra morceña mezclado con algún bloque de granito y cachotería, donde se abre una puerta, una ventana para iluminar la tribuna y, entre ambos vanos, una caja para acoger la imagen de la titular. Santa Eulalia aparece representada como una doncella, con el pelo suelto, la palma martirial en la mano derecha y, en la izquierda, un libro, tal y como la volveremos a ver en el altar mayor. Sobre la cumbre del frontis, una sencilla espadaña de dos arcos da cabida a sendas campanas. Acerca de las reformas significativas en el templo, pocos años más tarde, en 1809 encontramos la edificación de una bóveda y la hechura de un arco.

Sobre la puerta de la iglesia vemos en el dintel una inscripción latina un tanto peculiar; en el templo antiguo, refiere Jerónimo del Hoyo a principios del siglo XVII, existía en un sillar este texto: «ERA MCXCVIIII/ EGO JOANES PETRI LEVITA INFELIZ PECCATOR RESTAURAVI CUM ADIUTORIO DEI». Es decir, que en la era de 1199, correspondiente al año 1161, el clérigo Juan Pedro, considerándose un pobre pecador, restauró aquel templo con la ayuda de Dios. En el siglo XVIII, el párroco promotor de la nueva obra quiso emular esta inscripción, copiando su forma y contenido, pero aplicada a su contexto; así, podemos interpretar con cierta dificultad: “ANNO 1740, EGO JOANNES INFELIX PECATOR RECTOR ISTUS ECCE EDIFICAVI”. Lo que viene a decir es que en el año 1740, el rector Juan (Álvarez de la Peña), referido a su persona como pobre pecador y rector de esa parroquia, edificó aquel templo.

Con el remate de la obra, fue necesaria la adquisición de nuevas piezas muebles acordes al espacio que fue dispuesto; de este modo, el antiguo retablo, contratado con el escultor Juan de Bran el 18 de enero de 1629 junto a una imagen de San Lorenzo, no fue reaprovechado. Terminadas las obras, en la visita pastoral del 2 de mayo de 1743 efectuada por el Obispo auxiliar, don Lorenzo de Taranco, ordenó éste hacer un «retablo para el altar mayor». Como indica el memorial acerca de la iglesia, el retablo fue fabricado en 1759 en la cantidad de cinco mil reales; aparte, encontramos también en el libro de fábrica las cuentas relativas a su dorado y policromía, por lo que pudo hacerse todo de forma conjunta (ver folio 7 rº). Si bien no tenemos noticia del escultor o taller que lo efectuó, tenemos la certeza que éste vino procedente del círculo compostelano, ya que sigue los modelos y formas imperantes en aquella época; destacamos en el conjunto la singularidad iconográfica del Sagrario. En las cajas hallamos varias imágenes: la de la patrona, Santa Eulalia de Mérida, la de San Juan Bautista y la de San Antonio de Padua. Estas dos últimas, hoy afeadas por un repinte aplicado hace unas décadas por el taller de Ángel Rodríguez, fueron adquiridas en el año 1769 por cuatrocientos veintidós reales, además de un Niño Jesús, por el que se pagó ciento treinta y dos reales. En cuanto a la imagen de la patrona, ignoramos la fecha de su hechura. Sabemos que en 1745, una efigie de la Santa mártir fue pintada, dorada, se le puso una mano y se le hizo una palma.

Dentro de la iglesia hallamos otros dos retablos: uno dedicado a la Virgen del Rosario, en el lado del evangelio, y otro bajo el título de San Roque, en el de la epístola. Este último se encuentra prácticamente arruinado a consecuencia de un incendio sufrido en una Semana Santa; fue adquirido en el año 1771, pues así nos lo recuerda el libro de fábrica, informándonos de la procedencia tanto de un colateral como de otro: «Ítem dos mil doscientos reales que costó el retablo del señor San Roque de hechura, pintura y dorado que se hizo y fabricó a costa de la fábrica y a correspondencia del que se halla enfrente de Nuestra Señora del Rosario que costó otra tanta cantidad y este se fabricó a costa de la fundación que en él se halla y constará de libro aparte y aunque los costaron seiscientos reales más de lo que aquí se expresa, los costeó un devoto y no se ponen a cuenta de la fábrica». El retablo de la Virgen, seguramente del mismo autor y de una cronología semejante, responde a la necesidad de un altar particular para la cofradía del Rosario que existía en esta parroquia, de la que se conserva un volumen que va de 1673 a 1897. Una vez edificada la nueva iglesia, el párroco Álvarez de la Peña nombró provisionalmente el altar de la capilla mayor como de la Virgen del Rosario, «habiendo trasladado a ella la imagen de Nuestra Señora»; del mismo modo, ya en el anterior templo existía -dedicado a esta advocación- «un colateral al lado de la epístola (…) con mucha estrechez». Asimismo, la cofradía de San Roque, de la que hay constancia por lo menos desde 1694 por sus cuentas, tenía la necesidad de un espacio dedicado a su titular. Este retablo replica en altorrelieve la estancia del Santo en la cárcel, tomando como inspiración una tabla existente en la capilla de San Roque de Santiago de Compostela, difundida mediante estampas. Igualmente, el retablo opuesto, donde se muestra a Nuestra Señora dando el Rosario a Santo Domingo en relieve es, seguramente, copia de otro grabado de la época. En la visita del 7 de julio de 1775, el Obispo auxiliar Juan Varela Fondevila recordó en su memorial un poco de la historia de estas dos piezas: «Visitó su Ilma. los dos colaterales de esta iglesia que halló muy decentes con sus retablos nuevos y pintados. El de la epístola lo costeó la fábrica y el del evangelio expresó el cura se hiciera y pintara con efectos de una obra piadosa que pensaba fundar en él por encargo de un devoto». En el año 1797 un pintor de Santiago, Tomás Pérez Guzmán, limpió el altar del Rosario y pintó la imagen procesional de San Roque y sus andas; además, compuso el Santo Cristo de la sacristía, decoró las puertas, las escaleras y la balaustrada de la tribuna y pintó la imagen de Santa Eulalia de la fachada. Cobró 1334 reales de vellón; en esta suma se incluyó la pintura del crucero, que fue traído hasta el iglesario ese año por el cantero Jacobo Loureiro, vecino de los Baños de Cuntis.

En cuanto a la orfebrería, tenemos noticia de que para la anterior iglesia el platero compostelano Duarte Cedeira “el mozo” hizo una cruz procesional argéntea. Nicolás Aller recompuso una en 1797. Para el culto del nuevo templo se adquirió en 1749 por 927 reales un incensario y una naveta también de plata, reparados en 1822 por un orfebre de la familia Torreira, que añadió un brasero de metal al turíbulo. En 1813 se renovaron, en la cantidad de 592 reales, los cálices y las patenas de la iglesia; hizo esta operación Luis Torreira. En 1806 Francisco Reboredo doró la custodia del Santísimo Sacramento por 700 reales.

Luis Ángel Bermúdez Fernández