La semana pasada Ismael Piñón, un misionero comboniano afincado por años en África, contó que Manos Unidas de Santiago le ha construido una escuela llamada Saint Jacques Apôtre por buenas razones: fue levantada por la sección de Manos Unidas de nuestra ciudad; y el colegio López Ferreiro y la parroquia de Ortoño se implicaron en ello. Ismael, nacido en Santiago de Compostela, proyectó fotos y videos de ese colegio en Bégou, ciudad grande como un Santiago sin aceras, en el centro de la inabarcable África; vimos niños graciosísimos que aprenden higiene con bailes y canciones: oscilan con un ritmo de Operación triunfo y lucen aquellas trencitas y sonrisas que nos enamoran. Chad es un país de diez millones de habitantes y el doble de grande que España; a la vez es el quinto país más pobre del mundo y con una corrupción por demás. Musulmanes y cristianos, lengua francesa y árabe a partes iguales…

Desde aquí les financiamos esa escuela que les ayudará a salir de miserentos. El terreno lo cedió la diócesis, a los profesores los paga en parte el Estado y en parte los padres, que aportan cincuenta euros por curso, la mitad del sueldo de un mes. La escuela funciona mejor que la media del país, con maestros habitualmente sobrios -eso dijo- y solícitos. Cada alumno tiene su propio libro -hecho no frecuente en las escuelas del país-: la parroquia de Ortoño (A Mahía) les mandó cuartos para uno por barba de los trescientos críos de cierto nivel. La escuela amplió a un aula de Infantil con la ayuda que nuestro Colegio López Ferreiro reunió para ello, más la construcción de letrinas, punto reseñable.

La Escuela Saint Jacques Apôtre no ocuparía más de una esquina en el periódico local, pero tiene la grandeza de las cosas pequeñas. Carencias grandes son paliadas con aportes pequeños. Lo global late en lo local. Y Compostela y Manos Unidas lo hacen patente.

Mario Clavell

 

Artículo publicado en El Correo Gallego