El sagrario de la iglesia conventual de San Pelayo de Antealtares (Compostela)

El 21 de mayo de 1722 fue un día solemne para la ciudad de Santiago de Compostela: a las cuatro de la tarde salía del monasterio de San Martín Pinario el Santísimo Sacramento portado por el prior, el P. Antonio de Soto, con el motivo de entronizarlo en la recién terminada iglesia monástica de San Pelayo de Antealtares, de las MM. Benedictinas. La bendición del templo tuvo lugar el día anterior, y en la jornada del 22 de mayo se procedió a la ceremonia de la Dedicación. En la procesión eucarística, encabezada por los gremios y las cofradías de la ciudad, participaron todas las autoridades religiosas y civiles del Reino; las varas del palio, que había donado don Diego de Murga, marqués de Monte Sacro, fueron portadas por seis prebendados del Cabildo y, de igual modo, antes del mismo iban 96 monjes benedictinos de San Martín Pinario, sin contar los religiosos venidos de toda Galicia y parte de Castilla. Durante los días siguientes, para alargar los festejos, aparte de la celebración de la Santa Misa, era expuesto el Santísimo Sacramento hasta las cinco de la tarde, hora en la que se reservaba en el sagrario entre el repicar de las campanas y el estruendo de los cohetes.

La devoción eucarística quedó marcada en la comunidad femenina de Antealtares, que en adelante procuró mantener en su iglesia conventual un especial culto a Jesús Sacramentado. El fervor eucarístico motivó la fundación de la cofradía de la Minerva, a imitación de la que existía en Roma; era el año 1703. Podemos leer en sus constituciones: “Siendo la primera obligación de todos los fieles el agradecimiento y singular aprecio que deben hacer del muy alto y admirable Sacramento del Altar, no solo por el incomparable amor que el Señor manifiesta en esta obra, sino porque en él le tienen presente, beneficio a que ceden las mayores y más altas demostraciones de veneración”. En el gran expositor del retablo era puesto el Santísimo en manifiesto varios días al mes, y durante las novenas en honor de los santos que se veneraban en la iglesia. La existencia de cinco gradas ante el retablo facilitaba que, si la exposición era de mayor solemnidad, se pudiesen colocar 24 velas. En estas escalerillas estaba embutido el bello y valioso sagrario que hoy vemos recolocado en la hornacina central bajo el expositor. Al estar cubierto con un conopeo no podemos valorar correctamente la pieza artística. En primer lugar, el sagrario -construido a modo de templete- está constituido de una estructura de madera pintada de plateado; la puerta, el interior, las columnas y las celosías de la cúpula que lo corona son de plata, adornada con piedras. Alrededor de la puerta nos hallamos con veintitrés gemas. Sobre la puerta del sagrario nos encontramos con una tarjeta adornada con motivos vegetales que reza lo siguiente: “EGECUTOSE ESTA QUSTODIA A EXPENSAS DE LA SRA DOÑA FRANCA ROMAIN, RELIGIOSA DESTE RL CONVENTO DE S PAIO, AÑO 1703”. En la parte inferior, en un pequeño recuadro, encontramos la fórmula de la consagración. En cuanto a la benefactora o donante, si acudimos al abadologio de Antealtares nos hallaremos con que en el cuatrienio de 1713 a 1717 fue abadesa doña Francisca de Romay. Durante este tiempo procuró el engrandecimiento de la iglesia de San Pelayo, especialmente a través de la hechura del magnífico retablo mayor y el colateral de San Benito. No quita esto que, aun siendo una monja más, decidiese invertir parte de su patrimonio personal en la hechura de este sagrario, deseando engrandecer el culto eucarístico en sintonía con la recién fundada cofradía de la Minerva. Sin embargo, lo más interesante de esta pieza es lo que se representa en su puerta.

Muchos han sido los temas sacros elegidos para ilustrar las puertas de los tabernáculos; algunos de ellos son fieles a la historia sagrada, por ejemplo, representando la Última Cena, Emaús, la Transfiguración, la Resurrección… Sin embargo, en otras ocasiones, el comitente prefería que se colocasen escenas de tipo alegórico, como el sacro pelícano o el cordero apocalíptico, para referirse a Cristo. En la puerta del sagrario de Antealtares se muestra a Sansón -invadido del Espíritu del Señor (Jueces 14, 6)- matando con sus manos a un cachorro de león “feroz y rugiente” o, más bien, rompiéndole la quijada. Sansón es un personaje bíblico en el que se vio un precedente del propio Jesucristo: su figura recia, heroica, su fuerza extraordinaria, y sobre todo destinado a liberar al pueblo de Israel de manos de los filisteos, son los elementos clave para establecer un cierto paralelismo con el Hijo de Dios. En esta escena, en definitiva, se busca representar alegóricamente la victoria sobre el pecado. Ahora bien, el anónimo autor, ¿en qué se inspiró para componer la escena? Normalmente los artistas tomaban una obra previa de algún maestro importante e intentaban reproducirla. En este caso, el orfebre acudió a una estampa de Alberto Durero, cuyas primeras pruebas están fechadas en el año 1497. La puerta del sagrario copia todos los elementos del grabado: en un primer término se encuentra Sansón montado sobre el animal, cuyos cabellos se erizan -al igual que las ropas del héroe bíblico- para transmitir el movimiento y la acción violenta de la lucha de ambos. Aun así, las dos figuras se encuentran enmarcadas en una composición equilibrada y piramidal. En segundo término se halla un paisaje bucólico, representado a través de montañas y árboles ya que según las fuentes bíblicas (Jueces 14, 5-6), Sansón se encontró al cachorro de león en medio de las viñas de Timná. Aunque en el grabado Durero representó dos ciudades acastilladas en cada extremo, e incluso un puerto, el autor del sagrario de Antealtares prescindió de una de ellas, dejando la de la parte derecha.

En definitiva, el sagrario de Antealtares constituye una pieza más del suntuoso ajuar litúrgico que la pujante comunidad benedictina procuró enriquecer a lo largo del siglo XVIII. Con la construcción de la magnífica iglesia, adornada con imágenes y retablos de los mejores y más avanzados talleres escultóricos de la ciudad, era necesario mejorar el culto conventual con soberbias piezas textiles y de orfebrería. Sin embargo, estas obras tendrían, como hemos visto, mensajes moralizantes o alegóricos demostrando que a la sólida fe de las monjas benedictinas se unía una amplia y elevada cultura de la historia sagrada.

Luis Ángel Bermúdez Fernández