La fundación del monasterio de las MM. Benedictinas de Cuntis

El 1 de marzo de 1864, el cardenal arzobispo de Santiago, don Miguel García Cuesta, daba cuenta en una carta, destinada a sor Carmen de San Jacobo Baliñas, que la comunidad benedictina de San Payo de Antealtares estaba a punto de extinguirse por el número de componentes y por la falta de renovación generacional: “Yo estoy persuadido de que la actual comunidad se extinguirá por sí misma porque son pocas las pretendientes de entrar en él”. En efecto, la fuerte crisis social y política vivida en ese siglo había vaciado muchos conventos y monasterios de Compostela, que buscaban vocaciones por todas las partes de España. Por una carta del 28 de septiembre de 1874, parece que quedaban en San Pelayo unas 5 monjas, ya que en algo menos de una década no hubo postulantes. Después de esos duros años de sequía, aunque con cuentagotas, fueron entrando más religiosas, aliviando un poco la triste situación: en 1878 profesó Florentina San Martín Lozano, de Toledo; ese mismo año, Benita López Rivero, de Castropol, y Purificación Rumbao Meire, de Marín. En un curso anterior profesa Gertrudis Sánchez Rodríguez; en 1880, Juana Ildefonsa Iglesias Villamil, natural de Oroso, etc. En la votación de la abadesa Escolástica Sánchez, en los años ochenta de ese siglo, eran ya 12 madres, 2 hermanas y 2 legas; 3 novicias y 2 aspirantes para legas. Entre unas y otras sumaban 21 monjas.

En ese periodo de ausencia vocacional, el cardenal García Cuesta tuvo en mente reformar la comunidad de San Pelayo: la protagonista sería la monja sor Carmen de San Jacobo Baliñas. Esta religiosa había nacido en 1822 en Cuntis, en el seno de una familia adinerada. Tuvo siempre la idea de ser monja en una congregación donde se viviese el carisma con grandes sacrificios y asperezas. Así lo cuenta ella en una carta al arzobispo de Santiago: “Habiéndome dado el Señor por sola su misericordia vocación al estado religioso, desee tomar el santo hábito benedictino en un monasterio que puntualmente se observase su santa regla, mas no sabía a donde se hallase esta perfección”. Después de buscar por toda España, se encontró con unas Benedictinas en Corella que vivían la Regla de San Benito con gran observancia. Ingresó en este monasterio, tomó el hábito y, cumplidos los plazos establecidos, llegó a profesar solemnemente. Sin embargo, antes de esto tuvo en mente otra vía; esta era la de acudir como misionera a Australia, en cuyas tierras comenzaron a trabajar los benedictinos. Dice sor Carmen al respecto: “Andando con este deseo comenzó a publicarse la misión benedictina de Nueva Nursia en Australia y como me dijesen llevarían mujeres y observarían la santa regla, pretendí ingresar en aquella misión con parecer de mi director. Estuve admitida, pero no llegó a efecto el llevar monjas y hube de quedarme con mis deseos”. Ya en Corella, luego de incorporarse a la comunidad, se encontró que habían mitigado el rigor y la observancia; como, a su juicio, esto era inadmisible “se fijó en mi pensamiento la idea de fundar lo que deseaba”. Por lo tanto, comenzó por tratar este plan con su director espiritual, fray Francisco Moreno, que desempeñaba el cargo de canónigo magistral de Toledo. Asintiendo este a sus ideas, sor Carmen comenzó a enviar cartas al prelado compostelano justificando que la fundación estaría asegurada económicamente gracias a su herencia.

El nuevo monasterio, según sus planteamientos, se erigiría en la ciudad de Santiago, en el convento desamortizado de San Lorenzo; las monjas vivirían con rigor la Regla de San Benito y, cuando contase con un buen número de compañeras, las Benedictinas observantes “se consagren a la adoración perpetua, día y noche, del Santísimo Sacramento”. Al fundar en una ciudad, las monjas procurarían una labor de asistencia a los más necesitados o, también, de enseñanza para los niños que careciesen de posibilidades para instruirse. El 24 de febrero de 1864, sor Carmen se lamentaba en un escrito dirigido al arzobispo de la campaña de difamación que algunas comunidades de Santiago habían emprendido contra ella; si se fundaba otro monasterio, la novedad del mismo causaría que las pocas vocaciones existentes fuesen a parar a él. En la carta del 1 de marzo de 1864, el arzobispo pide a la benedictina cuntiense que, en lugar de instalarse en San Lorenzo, funde en San Pelayo una nueva comunidad: “Dejo a un lado la situación del convento de San Lorenzo que bien mirada no puede agradarme por estar dicho convento, puede decirse, en despoblado y los conventos de religiosas no deben establecerse según las reglas canónicas en semejantes situaciones, S. V. pudiere fundar en el convento mismo de San Payo, viviendo las dos comunidades con tal separación”. Por lo que deja ver la documentación, el cardenal Cuesta tenía la idea de que -poco a poco- la comunidad observante fuese tomando las riendas de Antealtares para que, al final, quedasen con todo el edificio. Sor Carmen, el 8 de marzo, suplica al arzobispo que deje esta idea, ya que al compartir una misma iglesia y un mismo coro -además de existir dos superioras- los altercados entre las dos comunidades serían constantes.

Desechada la idea de fundar en Antealtares y prohibida la intención de establecerse en San Lorenzo y en Conxo, la Madre Carmen Baliñas buscó otros lugares por la geografía de Galicia con el fin de crear el monasterio observante. En noviembre de 1864 manifiesta al arzobispo de Santiago que le habían ofrecido el convento desamortizado de San Francisco de Cambados; también el convento del Carmen de Padrón, y una casa en la misma villa. Finalmente, aunque no era su idea inicial, la M. Carmen Baliñas terminó fundando en el pueblo que la había visto nacer, en Cuntis. Era el año 1868.

Luis Ángel Bermúdez Fernández