Miradas 31

Trigésimo noveno día de confinamiento. La falta de vitamina D comienza a dejarse sentir. Noto cierta agresividad mal contenida en mi hija pre adolescente. El problema con estas criaturas es que nunca sabes si se vuelven hurañas porque es su estado natural o porque comienza a pesarles tanta inactividad. Su madre dice que su mal humor se explica por el tiempo que hace que no ve a sus compañeros de colegio. Y subraya en especial el género masculino, a mi juicio demasiado malévolamente. Lo cierto es que ya no tiene la tensión de los primeros días. Cada vez cuesta más conseguir que se siente a leer un libro o a practicar unos minutos en el piano. No se lo recrimino porque yo mismo tengo que recurrir a toda mi fuerza de voluntad para mantener las rutinas habituales.

Un confinamiento pone a prueba nuestra madurez psicológica y nuestra capacidad para posponer las recompensas. Sueño con poder salir para mantener una conversación cara a cara con amigos a los que extraño porque una de mis rutinas diarias era el café de media mañana. En especial con las Hermanas Catequistas de Jesús Crucificado que trabajan en la Pastoral de Catequesis de nuestra archidiócesis y con mis hermanos entrañables de los Equipos de Nuestra Señora, con quien tanto tengo en común.

El confinamiento examina nuestra paciencia y la hondura de nuestros vínculos. Somos una cultura ruidosa. El ruido forma parte de nuestra existencia, nos acompaña a todas horas, y cuando no nos domina lo creamos enchufando la televisión, la radio o el ordenador. Ese barullo medio ambiental nos impide la paz necesaria para la introspección. No estamos acostumbrados al silencio. Y sin embargo es fundamental para nuestra salud. Física y sobre todo espiritual.

El silencio es el primer paso para adentrarnos en nuestro propio misterio. Conocernos, aceptarnos y querernos tal y como somos, en nuestra cruda verdad, es una tarea fundamental. Y sin embargo podemos pasarnos la vida sin abordarla. Lo que suele tener un alto coste porque nos dificulta enormemente encontrarle a nuestra existencia un sentido fundante. ¿Para qué vivimos? ¿Qué sentido le damos a nuestra vida? ¿Cuál es nuestra vocación radical? ¿Dónde ponemos nuestro corazón, o sea, dónde está nuestro tesoro?

Miro a los ojos a mi familia y me doy cuenta de que este confinamiento está fortaleciendo nuestra relación. A pesar de las chispas que saltan en ocasiones. Me siento bendecido al comprobar que el tiempo encerrado en casa no sólo no me pesa, sino que se me hace corto. El día dura poco y la noche llega con demasiada rapidez. Cada abrazo, cada “te quiero”, se vuelven sacramentos de unidad. Cada taza de café que me ofrecen, cada vez que me preguntan si quiero algo, si estoy bien… son caricias que Dios me hace a través de sus manos.

Me siento bendecido. Y a veces me asalta el complejo de culpa. ¿Por qué Dios es tan bondadoso conmigo? No lo merezco. Y por ello le doy gracias todos los días.

Antonio Gutiérrez

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