«Permanecer en el Señor»: una vida sostenida en el amor y abierta a la entrega

  • El arzobispo de Santiago acompaña a las Clarisas de Santiago y A Coruña en la fiesta de Santa Clara.
  • «La clausura no os aísla del mundo», subraya el prelado, que anima a llevar a la oración las preocupaciones de familias, jóvenes y personas vulnerables.
  • Santa Clara, ejemplo de una fortaleza que nace de la fragilidad y de la confianza en Dios.

La celebración de Santa Clara de Asís volvió a destacar una forma de vida que transcurre en silencio, detrás de los muros de los monasterios, pero que, como recordó el arzobispo de Santiago, Mons. Francisco José Prieto Fernández, está lejos de vivir de espaldas al mundo. Con motivo de la festividad de la fundadora de las clarisas, el prelado presidió las celebraciones eucarísticas, ayer lunes y hoy martes, en las comunidades de Santiago y A Coruña y centró su mensaje en una palabra que, a su juicio, resume buena parte del sentido de la vida cristiana y de la propia trayectoria de Santa Clara: permanecer.

«Permanecer en el Señor» significa, explicó, estar enraizados en Él, tenerlo como centro de la existencia y, desde ahí, saber estar también junto a los demás. No se trata de una permanencia entendida como inmovilidad, sino de una vida sostenida en el amor y abierta a la entrega.

Es, precisamente, lo que el arzobispo quiso destacar de Santa Clara. Una mujer que, siguiendo el camino iniciado por San Francisco, hizo de la pobreza, la oración, la fraternidad y la contemplación el eje de su existencia. Una vida que, según señaló Mons. Prieto, no estuvo marcada por los grandes discursos ni por obras espectaculares, sino por haber tomado en serio la llamada del Evangelio.

«La clausura no os aísla del mundo».

En sus palabras a las comunidades de clarisas, el arzobispo destacó una idea que quiso trasladar: la clausura no significa vivir al margen de la sociedad. «Los muros de este monasterio no son muros que aíslan», afirmó. Son, dijo, muros que deben dar profundidad a una vida de oración y contemplación.

Por eso, pidió a las clarisas que hagan presentes en su oración las preocupaciones de la sociedad. Las familias, los jóvenes, las personas que sufren, quienes han sido olvidados o quienes luchan por vivir con dignidad y justicia. También las guerras y los enfrentamientos que siguen provocando dolor.

Todo ese mundo exterior, explicó, puede entrar en el monasterio a través de la oración. Muchas de esas preocupaciones llegan también a las religiosas a través de las personas que se acercan a ellas. La contemplación, por tanto, no es para el arzobispo una forma de apartarse, sino otra manera de acompañar.

Una fecundidad que no se mide en resultados.

Mons. Prieto reivindicó además el sentido de una vida contemplativa en una sociedad acostumbrada a medirlo casi todo en términos de utilidad, productividad, eficacia y resultados. Frente a esa lógica, las comunidades monásticas recuerdan que existe otra forma de fecundidad que no siempre resulta visible.

El prelado destacó que el silencio ocupa un lugar esencial en ese camino. No es un vacío ni un aislamiento, sino un espacio para aprender a escuchar. Escuchar a Dios y escuchar también la realidad que llega hasta la comunidad. De ahí la importancia que mons. Prieto concedió a la oración de las clarisas.

En ese contexto, comparó la presencia de las comunidades contemplativas con la de una lámpara encendida ante el Santísimo Sacramento: una luz sencilla, constante y silenciosa que recuerda la presencia de Jesús Eucaristía.

Santa Clara y la fuerza de la fragilidad.

La figura de Santa Clara sirvió también al arzobispo para hablar de fragilidad. Su vida estuvo marcada por la enfermedad y por las dificultades que tuvo que afrontar desde los comienzos de la comunidad de clarisas. Sin embargo, Mons. Prieto presentó esa fragilidad no como un obstáculo, sino como un lugar desde el que puede surgir la fuerza.

La vida de Santa Clara aparece así como una llamada a mantener la esperanza incluso en medio de la fragilidad. Y también como una invitación a volver a lo esencial: Cristo como centro, la oración como camino y la fraternidad como forma de acompañar a los demás.

Una llamada que alcanza a todos.

La reflexión sobre Santa Clara no quedó limitada a las religiosas. Mons. Prieto quiso extenderla a todos los presentes al recordar que cada vida puede entenderse como una vocación y una misión. No como una simple sucesión de rutinas y compromisos, sino como una tarea que cada persona está llamada a realizar allí donde se encuentra.

Familia, sociedad, Iglesia o comunidad son, en ese sentido, espacios donde cada uno puede hacer visible esa llamada. La invitación a «permanecer» se convierte así también en una invitación a saber estar junto al otro, especialmente cuando llegan las dificultades.

«Sepamos estar cerca, sepamos permanecer, estar y acompañar», pidió el arzobispo. Con ese mensaje, la celebración de Santa Clara quedó vinculada a una idea sencilla pero profunda: permanecer no significa quedarse al margen, sino estar presentes. Para las clarisas, desde la oración y la contemplación; para el resto de los creyentes, desde la vida cotidiana. En ambos casos, con la mirada puesta en Cristo y con la voluntad de no pasar de largo ante quien necesita compañía.