«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».

Estamos viviendo momentos muy duros en España y en el mundo por la pandemia. Muy duros. Es bueno recordar la invitación que nos hace Jesús en este evangelio: “No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí…» Nuestra vida es preciosa. Tan preciosa, que Dios quiere tenernos a su lado por toda la eternidad. Nunca perdamos esta esperanza: la vida eterna existe y Dios nos está esperando en ella.

Martín ValverdeNo se han ido del todo  https://youtu.be/R0kXBVmyJqc

Elena Fernández Andrés · https://twitter.com/poverellacm

 

Estamos llamados a caminar en la verdad (2Jn 4). Somos «los del camino«. Es el primer nombre de los cristianos en los Hechos de los Apóstoles, esta lectura tan viva, tan fuerte que nos acompaña en las Eucaristías de cada día en Pascua. Somos un pueblo que camina, que avanza. Nosotros somos los que realizamos la verdad en el amor; nosotros, no yo. La verdad es comunitaria, y está en camino, en sínodo; es un camino que recorremos juntos. Como creyentes, no somos ejecutores de órdenes, sino inventores de caminos; no somos obreros a las órdenes de un patrón, sino artistas inspirados por el Espíritu Santo. Seamos inventores de caminos que nos lleven los unos hacia los otros y juntos hacía Dios. Y, una vez más escuchamos, la voz del buen Pastor, la voz del que ha dado la vida por nosotros. Por eso podemos fiarnos de Él y calmar nuestras angustias y miedos. Dios nos actúa en nuestro lugar ni nos salva de las tempestades, pero nos sostiene en medio de ellas. No salva del sufrimiento, sino en el sufrimiento; no protege del dolor, sino en el dolor. Un simple cambio de preposición… y todo adquiere otra luz. Porque Dios no da una solución a nuestros problemas; se da a Sí mismo y, dándose a Sí mismo, nos lo da todo. Pensábamos que el Evangelio resolvería los problemas del mundo -o, al menos, disminuiría las crisis de la historia- pero, aparentemente, no es así. Nos queda la fe, la esperanza y el amor. Y, como afirma San Pablo, «sabemos que Dios ordena todas las cosas para bien de los que le aman» (Rom 8, 28). Dios saca bien incluso del mal, del pecado, de la muerte, de la cruz y de la tumba. Jesús -que parecía dormido en la barca cuando le gritan: «¿No te importa que perezcamos?»- responde: Me importas tú, me importa tu vida. Tú eres importante para Mí. Dios no hace otra cosa, en la eternidad, que considerar a cada persona más importante que a Sí mismo. Tú, yo… somos esa persona. ¡Aleluya!

Montse de Javier · Comunidade Caná