Al caer la tarde, el Estadio de Gran Canaria se transformó en un lugar eucarístico. León XIV presidió allí la Misa de la Vigilia del Sagrado Corazón de Jesús en la que fue una liturgia con aderezo canario que se recordará: el bucio guanche, el tambor, el Arrorró y la indumentaria tradicional de las islas de la provincia se entrelazaron con peticiones en cuatro lenguas y banderas de distintos rincones del mundo. Antes de despedirse rumbo a Las Palmas, el Papa dejó un deseo: «Que crezca a nuestro alrededor una nueva humanidad, reconciliada en el amor».
Sonó primero el bucio. Esa vieja caracola marina de los antiguos pobladores de las islas canarias, el mismo con el que durante siglos se llamaba de risco a risco, rasgó el aire del estadio y, tras él, irrumpió un tambor que hizo retronar el corazón de muchos. Ese Gloria sonaba a Canarias. Hasta ese momento, el recinto (repartido en tres espacios para acoger a cuantos quisieron estar) había sido una marea de gente pletórica, emocionada, sonriente, que minutos antes había sabido también guardar un silencio bello, a la espera de la Eucaristía.
León XIV llegó al estadio mientras sonaba el Himno de Canarias, y el pueblo de la provincia que había venido desde Fuerteventura, Lanzarote, La Graciosa y Gran Canaria lo envolvió. En los ojos de muchos brillaba la conciencia de un acontecimiento sin precedentes: el Sucesor de Pedro pisaba por primera vez estas islas, un rincón apartado del resto del mundo que, sin embargo, ha sido durante toda la historia puente entre continentes. Minutos antes de que el Papa avanzase en procesión solemne hacia el altar, todo el estadio rezó unido ante la Virgen del Pino, patrona de la isla, llevada hasta allí junto al Cristo de Telde.
Y entonces el Papa saludó: «El Señor esté con ustedes».
Una Eucaristía con aderezo canario.
Pocas veces una liturgia papal ha estado tan tejida con la identidad de un pueblo. La Orquesta Filarmónica de Gran Canaria y sus coros desgranaron la Misa Canaria de Luis García Prieto, compuesta sobre temas populares: el Gloria, con su pulso de bucio y tambor, y un Cordero de Dios que recogía la melodía dulce del Arrorró, esa nana con la que las islas han dormido a sus hijos durante generaciones. Lo más hondo de Canarias servía a lo más sagrado.
En las ofrendas, una familia avanzó hacia el altar ataviada con la indumentaria tradicional de la provincia de Las Palmas, traje del siglo XVIII de barquera y de campesino grancanario, llevando consigo a sus hijos pequeños. Y desde lo local a lo internacional, en las peticiones se rezó en español, en inglés, en francés y en wolof, la lengua de quienes cruzaron el Atlántico desde Senegal y hoy son parte de esta tierra. Por las gradas ondeaban banderas de Filipinas, China, Venezuela, Cuba… este mapa improvisado dejaba leer sin palabras, que Canarias es tierra de unión, casa de muchos pueblos.
«Devolver amor por amor»
En su homilía, León XIV se detuvo en el Corazón de Cristo. Recordó que Dios ama gratis, sin cálculo ni mérito previo, «por puro amor», y que de esa caridad brota nuestra propia vocación de amar. Citando al Papa Francisco, propuso el camino más sencillo y más exigente: «devolver amor por amor», traduciendo la medida infinita del amor de Dios en la generosidad con que se sirve, cada día, a los más necesitados, indefensos e incapaces de devolver nada a cambio. «Precisamente como ocurre en esta isla, en la acogida, en el compartir, en el don desinteresado».
Pero advirtió que la caridad no puede quedarse en asistencialismo. Como Jesús al paralítico, hay que decir al que sufre «levántate, coge la camilla y echa a andar»: acompañar para que cada persona se ponga en pie y se integre con dignidad. No olvidó, en una jornada marcada por el mar, pedir oración por los hermanos que han perdido la vida en sus aguas. Y cerró invitando a la humildad del Corazón de Cristo, con san Agustín: donde hay humildad hay amor, y donde hay amor hay paz. Su anhelo final fue una súplica por el mundo entero: que cesen las guerras y crezca «una nueva humanidad, reconciliada en el amor».
«Papa León, te queremos un montón»
Al término de la celebración llegó el momento de la despedida, y hubo mucha cercanía al Sucesor de Pedro con su pueblo canario. El obispo de Canarias, monseñor José Mazuelos, lo resumió con una sonrisa: a los españoles nos gustan los lemas, le dijo al Papa, y le regaló el suyo «Papa León, te queremos un montón», que el estadio entero hizo propio. Después, la grada rompió a cantar el icónico «Pío Pío», ese grito de júbilo con el que los grancanarios celebran en este mismo estadio, convertido ahora en aclamación al Pontífice.
Cuando León XIV partió hacia Las Palmas, la noche había empezado a caer ya sobre Gran Canaria, quedaban en el aire el eco del bucio, las banderas de tantos lugares y la certeza de que aquella tarde, en una isla puente entre mundos, el Corazón de un pueblo isleño junto al sucesor de pedro había latido al ritmo del Arrorró.
Autor: Bernabé Villalba Silva
Fotografía principal: Alejandro M. Barrosa/ACFI/EUROPA PRESS






