Curiosidades en los archivos de las parroquias de Bergantiños

  • LAS HUELLAS DE LA RELIGIÓN | Del cuidado con los huesos de los muertos a las misas encomendadas tras fallecer o legados de bienes religiosos

Los archivos parroquiales son una fuente riquísima en todos los campos, ya que tanto podemos encontrarnos con los orígenes y procedencia de nuestros antepasados, sus testamentos y mandas piadosas, la fecha de hechura de alguna reforma en la arquitectura de la iglesia, la adquisición de las imágenes de la devoción parroquial o curiosidades de todo tipo.

Los autores de toda la documentación son los clérigos que a lo largo de los siglos llevaron sobre sus hombros la carga de apacentar las almas de sus feligreses. Algunos de ellos dejaron constancia del cansancio de tomar nota de toda la vida parroquial, como José Benito Suárez, párroco de Rus desde 1768 a 1815, ante el mandato del arcipreste en 1791 de que en las partidas de bautismos figuraran el nombre de todos los abuelos de la criatura; el cura de Rus respondió y firmó lo siguiente: «Y que con más informe se mande otra cosa, el presente cura fatigado ya de tanto como ocurre y que hay que escribir otra más expresión de dichas partidas lo que para que conste y se tenga presente se nota y firma».

Un punto importante dentro de la vida sacramental era la muerte. Muchas veces, los libros se lamentan del poco cuidado de los huesos que se extraían para abrir nuevas sepulturas en el suelo de nuestras iglesias, como consta en el libro de fábrica de Cereo, en el reconocimiento de las cuentas de 1751: «Destinar un sitio para cementerio respecto se experimenta que los perros muchas veces suelen andar con los huesos de los difuntos por echarse en dicho atrio, lo mismo que ejecutan los cerdos de manera que hace una total indecencia».

Entre los legajos sueltos, es habitual encontrarnos con testamentos de feligreses que dejaron fundadas algunas cargas piadosas y que era necesario tenerlas localizadas y cumplidas. En las últimas voluntades antes de morir, los bergantiñáns de la Edad Moderna solían encomendarse a san Pedro, al Cristo de Fisterra, a la Virgen de la Guía, encargando la celebración de misas en su honor.

Así, Francisco Vecino, feligrés de Cereo, residente en la aldea de Pousada y fallecido en 1776, deja mandado las siguientes misas: «Una al santo de mi nombre, otra al ángel de la guarda, otra por la sagrada pasión y muerte de nuestro redentor Jesucristo, otra a la bienaventurada Virgen María, otra a Nuestra Señora de Cereo —mi patrona—, otra al apóstol san Pedro, otra a Nuestra Señora de la Guía, otra a la de Belén y de las Angustias».

Fundaciones importantes

Los labradores más acaudalados dejaron fundaciones más importantes, en las que legaban a perpetuidad una serie de bienes de los que gozaría un capellán que aplicase sufragios según lo estableciesen los fundadores.

El 14 de octubre de 1739, Ambrosio da Fonte y Ana da Rama instituyen en el altar lateral de la derecha de la iglesia de Valenza, en aquella altura dedicado a la Virgen del Rosario, una capellanía bajo la misma advocación, a la que destinarían todos sus bienes. En el documento fundacional, el anciano matrimonio expresa su pesar: «De quién no ha tenido más que una hija simple, incapaz de tomar estado, sin esperanza de tener más por la crecida parte del otorgante y de dicha mujer».

Los testamentos aportan, en muchas ocasiones, datos acerca de la adquisición de alguna imagen para las iglesias, como voluntad de los propios protagonistas. En 1825, Antonio de la Fuente, vecino de Portoquintáns, en Valenza, expresa: «Es mi voluntad que por cuenta de mis bienes se construya una imagen de los Dolores». La imagen de esta advocación se encuentra, todavía, sobre una de las puertas de acceso a la sacristía.

El libro de fundamental consulta para cualquier persona que pretenda acercarse al patrimonio religioso de su parroquia es el libro de fábrica, dedicado a las cuentas de cada iglesia. Como era un libro de contabilidad, muchas veces se omiten datos curiosos; por ejemplo, pocos libros muestran la estancia de los artistas en las feligresías con motivo de la colocación de alguna pieza, como un retablo, que exigía varios días para poder ensamblarlo.

JOSE MANUEL CASAL

 

En Verdes, por citar un caso, el párroco recoge la relación de la pintura del retablo mayor, de las cortinas laterales y otras obras ejecutadas por el pintor compostelano José Garabal Louzao, en 1899. Durante la realización de estos trabajos se recogen las partidas de dinero para satisfacer su hospedaje y dietas: «Aboné a José Mato Doldán, vecino de Verdes, cuatrocientos ochenta y ocho reales con cincuenta céntimos por gasto del hospedaje que dio al referido pintor». El autor de esta nota fue José María Abelenda, párroco de Cereo, Valenza (era natural de esta feligresía) y Verdes. Podemos afirmar que fue un clérigo muy cuidadoso con el archivo durante su curato, ya que reunió la documentación relativa a las fundaciones piadosas, restauró la capilla de la Concepción de Cereo que está pegada a la iglesia y que rebautizó como «de la Virgen del Rosario», compró la imagen de esta advocación y la de san José, dejando sendos librillos con las memorias de gastos ocasionados en el taller del escultor Ramón Núñez, anotó todos los vecinos de Verdes residentes en Montevideo y Buenos Aires, etcétera. Otra de las preocupaciones de este párroco, aparte del archivo, era la fundación de cofradías en sus parroquias.

Comidas y banquetes de las cofradías

Las cofradías son otra sección clave en los libros parroquiales; en sus gastos anuales —aparte de aquellas partidas destinadas al culto— podemos ver los referidos a las «comidas o banquetes» que tanto gustaban a los cofrades. En la cofradía de Nuestra Señora de la citada parroquia de Cereo, en el año 1684, se compraron para la fiesta de los asociados vacas, carneros, seis reales de sal y dos reales de especias para condimentar, otorgando un sueldo de ocho reales al cocinero. En 1806 la cofradía, en lugar de ceñirse al día 15 de agosto, «da en data ochocientos treinta y cinco reales que pagó por las reses que se mataron para la comida de la víspera, día y siguiente según costumbre».

Cuando la fiesta caía en viernes se prescindía de la carne, como en 1680: «Cincuenta y cinco reales que costó el pescado para uno de los días de la fiesta que fue al otro de día de Nuestra Señora, por caer en viernes». Para regar los manjares, los cofrades de Cereo gastaron en 1698 «once cañados de vino blanco que compró la cofradía (…), y cinco de vino tinto (…) para la mesa de los señores sacerdote». En 1673 «importaron trece cañados y medio de vino del Rivero de Avia para hacer la fiesta». Algunas cofradías llegaban a ofrecer postres: así era la lista de la compra de la cofradía del Carmen de Noicela en 1767: «Siete reales de arroz, azúcar, canela (…) dos reales de chirivías, lechugas y un real de garbanzos (…) en data de vaca y carnero veinte reales (…) y pollos catorce (…) cuatro reales de bizcocho y cuatro de aceite (…) diez reales de pescado».

En la visita pastoral de 1721, Luis de Salcedo mandó suprimir estas comidas de cofrades, ya que el culto a los santos era algo secundario. En Cereo, por ejemplo, al año siguiente se deshizo la hermandad, recuperada en 1726; eso sí, con banquete.

Luis Ángel Bermúdez Fernández | Artículo publicado en La Voz de Galicia