La iglesia de Santa Columba, en pleno corazón de Rianxo, fue escenario el pasado sábado de una celebración que marcará un antes y un después en la vida de la comunidad local. Con emoción contenida, lágrimas y aplausos, los vecinos acompañaron a Fray Pascual Abalo Iglesias, de 55 años, en su primera misa como sacerdote, un paso que corona más de tres décadas de entrega a la vida monástica y que simboliza, para muchos, la fuerza de la vocación y el compromiso con los demás.
Una vida forjada en la fe y la tradición marinera
Nacido en 1968 en el seno de una familia humilde de Rianxo, Pascual creció entre el bullicio de las calles marineras y la religiosidad popular de su parroquia. Desde pequeño mostró inquietud por las cosas de Dios, participando activamente en la vida comunitaria. Esa semilla germinó en su juventud y, con poco más de veinte años, ingresó en el monasterio de Oseira, uno de los grandes referentes de la orden cisterciense en Galicia.
Allí abrazó la vida de clausura, dedicada a la oración, al trabajo y al silencio, convencido de que ese era su lugar en el mundo. Durante treinta años, Pascual vivió bajo la regla monástica, pero sin perder nunca el vínculo con su tierra natal, a la que regresaba siempre que era posible.
Un paso más allá de la clausura
Su decisión de recibir la ordenación sacerdotal no fue improvisada. Según él mismo confesó en una entrevista previa a su primera misa, sentía “la necesidad de estar más cerca de la gente, de acompañar en sus alegrías y en sus dificultades”. Una convicción que, según quienes le conocen, refleja un profundo sentido de servicio y una fe inquebrantable.
Sus superiores también subrayan que no se trató de un paso fácil. “Es un acto de generosidad y valentía, porque supone abrirse al mundo desde la sencillez de la vida monástica”, señaló el padre Luis Cachaldara, sacerdote de Oseira, presente en la celebración.
Una ceremonia cargada de emoción
La iglesia de Santa Columba se llenó de fieles, vecinos, amigos y familiares que no quisieron perderse la cita. En primera fila, su madre, Fina, y sus hermanas siguieron la ceremonia con lágrimas de emoción y orgullo. “Ver a Pascual convertido en sacerdote después de tantos años en el monasterio es un regalo para nuestra familia y para Rianxo”, confesaba una de ellas.
El párroco local, Marcelino Sánchez Somoza, destacó durante la homilía la importancia del gesto: “Pascual nos enseña que la vocación no solo se vive en la clausura. También se vive en el contacto directo, en la entrega diaria a la comunidad”.
Más allá del monasterio
Aunque su principal misión seguirá en Oseira, donde acompañará a los que buscan retiros espirituales, Pascual no oculta su deseo de mantener lazos estrechos con Rianxo. “Mi corazón siempre estará aquí. Lo que soy se lo debo a mi tierra y a mi gente”, afirmó tras la celebración.
Para la comunidad, su ordenación ha sido mucho más que un acontecimiento religioso. Ha sido la confirmación de que la fe y la vocación, cuando se viven con autenticidad, pueden transformar la vida de una persona y, de paso, la de quienes lo rodean.
Un ejemplo para su tierra
En un tiempo en el que la vocación religiosa atraviesa momentos de incertidumbre, la historia de Pascual se erige como un ejemplo de perseverancia y amor. Vecinos consultados coinciden en destacar su cercanía y humildad: “Es uno de los nuestros, alguien que eligió dedicar su vida a los demás sin perder nunca sus raíces”.
El futuro, en palabras del propio Pascual, está abierto. Lo cierto es que su primera misa como sacerdote ya ha dejado una huella imborrable en Rianxo, donde muchos lo consideran un referente de fe, de compromiso y de servicio.
Con su ordenación, Fray Pascual Abalo demuestra que los caminos de la vocación no se agotan en la clausura: también se expanden hacia la vida activa, hacia las necesidades concretas de las personas y hacia la construcción de comunidad. Y en Rianxo, su pueblo, eso se vivió como un verdadero regalo.







