En tiempo de verano y sol, en el marco de un año jubilar destinado a ofrecer esperanza, y en un contexto de guerra para algunos pueblos, invita el Papa a estar alegremente “dispuestos a trabajar cada día en el campo de Dios, cultivando en su corazón la semilla del Evangelio para luego llevarla a la vida cotidiana, a la familia, a los lugares de trabajo y de estudio, a los diversos entornos sociales y a quienes se encuentran en necesidad”.
Habla el Papa de necesidades, y expresa en concreto su preocupación por que se está difundiendo” una cultura sin verdad” que “se convierte en instrumento de los poderosos: en lugar de liberar las conciencias, las confunde y las distrae según los intereses del mercado, de la moda o del éxito mundano”
No son propuestas o preocupaciones abstractas, esta quincena el Papa se ha reunido con representantes del sínodo de la Iglesia greco-católica ucraniana, a los que ha expresado su cercanía con estas palabras “en el contexto histórico actual no es fácil hablar de esperanza a ustedes y al pueblo confiado a su cuidado pastoral. No es fácil encontrar palabras de consuelo para las familias que han perdido a sus seres queridos en esta guerra sin sentido. Imagino que también lo es para ustedes, que están en contacto diario con personas heridas en el corazón y en la carne. A pesar de ello, recibo muchos testimonios de fe y esperanza de hombres y mujeres de su pueblo. Esto es signo de la fuerza de Dios que se manifiesta en medio de los escombros de la destrucción.” Y aprovecha el Santo Padre para expresarles su agradecimiento por responder a la llamada “a servir a Cristo en cada persona herida y angustiada que acude a sus comunidades en busca de ayuda concreta.”
Por ello, el Papa recuerda en sus mensajes que la vida es una peregrinación, y, así como, cuando se peregrina uno se aleja de su hogar y de las rutinas diarias, y toma tiempo y espacio para un encuentro con Dios más profundo en el que se permite al Espíritu santo actuar y, que Él nos conforme al pensamiento y el corazón en Jesucristo. Al regresar a la vida cotidiana, en la consciencia del recuerdo, de que Dios “ha creado a cada uno con un propósito y misión en esta vida” aprendemos que “Somos todos peregrinos, y estamos siempre peregrinando, caminando en la búsqueda de Dios, y en esa búsqueda realizamos el camino que es nuestra vida verdadera” Una vida en la que tenemos la ayuda del Señor la intercesión de los santos, la fuerza de los hermanos para permanecer esperanzados y creyendo siempre en la gracia de Dios y en los frutos que veremos a lo largo de la vida.
En resumen, el salir de las rutinas diarias, y del hogar se nos permite acercarnos a Dios, conocer cual sea nuestra misión, soñada por Dios y dar esperanza al prójimo, en un mundo necesitado de esa esperanza.
María Puy






