En el año 1740 se fundó en Madrid la Real Congregación del Apóstol Santiago, hermandad que fue promovida por los gallegos que en aquel entonces, sea por motivos laborales o por su condición social, residían en la corte, lejos de su añorada tierra. De este modo, en el espacio que fue elegido para tener los cultos de la cofradía, los asociados encargaron un retablo, que se puede ver hoy en la iglesia de san Ginés, en cuya hornacina principal se situaba la imagen de su patrono; sin embargo, el hueco sobrante del ático fue adornado con una pintura muy especial, obra del pintor Andrés de la Calleja, que completaría la temática jacobea de la pieza: la “venida” de Nuestra Señora a Muxía, o la Virgen de la Barca. En la escena se retrata el momento exacto en el que la Virgen atraca en las rocosas costas de Muxía para consolar a Santiago, rendido y fatigado por el poco éxito de sus trabajos. La pintura reproduce fidedignamente la talla gótica de la Virgen que se venera en el santuario coruñés, que mide unos 48 centímetros y que se podría datar según Eva López Añón entre 1340 y 1350, efigie que fue muy divulgada por las miles de estampas que cada poco tiempo se hacían en las imprentas compostelanas. Por ejemplo, de la imprenta de Ventura Aguayo, en la década de los treinta del siglo XVIII, se remitían al santuario muxián paquetes de unas quinientas, mil o cuatrocientas estampas-grabado, que eran muy solicitadas por sus devotos. De hecho, surgió cierta comercialización con ellas, pagándose la unidad a precios elevados, lucro que censuró don Gregorio Pose, consultor del Santo Oficio, en la visita del 2 de julio de 1729.
La imagen de la Virgen de la Barca en aquellos años no presentaba el aspecto con que la vemos representada en la pintura madrileña o en estos grabados, o como también la podemos contemplar en la actualidad: durante los siglos XVII y XVIII la talla se exponía vestida y cubierta de joyas, aunque nunca había sido dispuesta ni pensada para tal fin. De hecho, en la visita del 10 de agosto de 1694, el venerable arzobispo Antonio de Monroy, que ordenó hacer un retablo para el santuario, contempló a la imagen con “un manto de tela de lana pasada de plata blanca con encajes también de plata, una túnica de damasquillo por debajo de dicho manto de seda y encajes de plata encarnado y otros colores, y el Niño Jesús una capa del mismo damasquillo y guarnición con otra por debajo de Cambray, y encajes de hilo fino”. Monroy, maravillado del culto que allí se tributaba a la Virgen y de la historia del santuario, concedió 40 días de indulgencia a cuantos rezasen devotamente ante la imagen de la Barca, y dio la instrucción de que se pusiese tal concesión “en una tablilla colgada en la capilla mayor de dicha ermita por la parte de adentro, con la letra de buen tamaño en romance”. En aquellos momentos la imagen contaba con un buen número de trajes, muchos de ellos entregados por sus devotos como obsequio por alguna gracia espiritual o temporal alcanzada por su intercesión. Por ejemplo, en 1717, se da cuenta del ingreso de “un vestido a Nuestra Señora y al Niño y un manto de tisú que dio la señora Condesa de la Sierra, cintas y seda para su hechura”.
La nobleza de Galicia, y también el pueblo llano, tenía en alta estima a esta advocación y a su ermita. Así, el conde de Frigiliana donó hacia 1720 para las obras y el culto del santuario mil doblones de a dos escudos; la señora de la Casa de Villar, en Pontevedra, doña Gaspara Catalina de Villar y Vallada, ofreció “dos lámparas de plata” destinadas a iluminar la sagrada efigie, y recordemos, también, el mecenazgo ejercido por los Condes de Maceda en favor de la remodelación de la fábrica arquitectónica y mueble de la capilla. La visita del 27 de mayo de 1720, ejercida por el arzobispo Luis de Salcedo, nos da cuenta de que para las reformas emprendidas en aquellos años, el santuario se veía ayudado tanto de las limosnas de los personajes notables del Reino, como de las caridades de los fieles más humildes; de hecho, menciona el prelado que parte del retablo mayor fue “costeado a devoción de los fieles”. Los distintos rectores y capellanes quisieron agradecer las ayudas aportadas desde los pueblos más remotos de Galicia para sostener el culto de la Virgen en el paraje de A Barca; así, cada sábado, como indica el arzobispo Miguel Herrero de Esgueva en la visita del 8 de julio de 1726, se celebraba una “Misa cantada (…) por los fieles devotos bienhechores”. Este prelado concedió, del mismo modo, 40 días de indulgencia a cuantos devotos rezasen de rodillas una Salve ante la Virgen, y otros tantos días por los que rezasen un Credo ante la representación de Santiago.
En los retablos antiguos, anteriores al de Romay, acompañaban a la imagen de María las efigies de san Juan Evangelista, san Juan Bautista, san Roque, san Sebastián y san Cristóbal, como indican las visitas pastorales; también, a los pies de la Señora se encontraba un Agnus Dei pintado en un cartón, rodeado de tecas con reliquias de santos. Existía ya en aquel entonces la tradición de venerar a la representación de la Virgen desde un nicho trasero, que con el engrandecimiento de la capilla se configuraría a modo de camarín. Por los excesos que se cometían al pasar a un lugar tan especial, las voces que proferían los romeros y el poco cuidado que tenían hacia la imagen, Luis de Salcedo ordenó que solo pasarían al camarín y se le abriría la vidriera de la hornacina únicamente “para personas constituidas en dignidad y de mucha distinción”. Debajo del antiguo altar, antes de que fuese ampliado el santuario, hacia la parte norte según las crónicas de la época, manaba diariamente una especie de bálsamo o aceite que alimentaba la lámpara que alumbraba en el santuario y que era requerido por sus devotos. Dejó de salir este aceite en el momento en el que un ermitaño avaricioso quiso comercializarlo. Hacia 1715 se intuía en el lugar un pequeño manantial que sobre sus aguas dejaba una balsa de este ungüento.
Tres obras literarias fueron definitivas en la divulgación de este título mariano de la Barca en el siglo XVIII: el primer libro fue impreso en Madrid en 1717, titulado “Relación verídica”, donde se recogen los milagros obrados por la Virgen; la segunda mención está en la obra del P. Juan de Villafañe titulada “Compendio histórico en que se da noticia de las milagrosas y devotas imágenes de María Santísima”, y que había tomado como fuente la primera obra. El último libro, impreso en Santiago en 1728, es la obra de Antonio Riobóo y Seijas “La Barca más prodigiosa”. Si en el primer opúsculo y en la segunda investigación existe el interés de divulgar los hechos que rodean a la imagen o los milagros obrados por medio de la Virgen, Riobóo y Seijas defiende, sin el ánimo de atacar o desprestigiar la tradición pilarista de Zaragoza, que en Muxía se produjo no una aparición mariana, sino la venida en carne mortal de Nuestra Señora: “Fúndase pues esta afirmación sobre la firme, antigua tradición de este país, de haberse aparecido la Virgen Santísima al Apóstol Santiago viviendo entrambos en carne mortal, en el puerto de Mugía, viniendo desde Jerusalén por mar en una barca de piedra con su mástil y vela que actualmente existen y dejando la santa imagen, que ahora se venera, como piadosamente se cree pues se le ignora otro principio”. El autor, aparte de fundamentar sus argumentos en las tradiciones orales, tomó un texto del Breviario Armenio, del siglo VII, donde se refiere que entrando “Santiago en Galicia en donde predicó y asistió buen espacio de tiempo, al cabo de él se le apareció la Virgen y le mandó volviese a Jerusalén, y así lo hizo”. En la censura de la obra de 1717, elaborada una de ellas por Diego Jacinto Romero Moscoso y Caamaño, canónigo magistral de Santiago y natural de San Juan de Xornes (Ponteceso, 2 de agosto de 1673), señala que esta “venida” sucedió posteriormente a la de Zaragoza.
Romero Moscoso, junto con los canónigos Andrés Espiño y Juan Varela Mariño de Goyanes, y con el rector del colegio de san Jerónimo, Pablo Ángel de Aldao y Breijo, natural de Erbecedo-Coristanco, acudieron en varias ocasiones al santuario a examinar los prodigios que allí se sucedían, especialmente las figuraciones que mostraban las “piedras”. Tal y como se puede ver en la pintura madrileña, en la piedra de abalar, aquella que trasportó a María, aparecen una serie de signos extraños, cruces, cálices… Estos elementos eran dibujados por las pequeñas conchas que se aferraban a la piedra, “arneirón”, que dependiendo de los días mostraban cosas distintas: en Semana Santa, cruces, cálices o el calvario; en otras ocasiones el nombre de María, san José o Jesús. Aunque podríamos pensar que se trataría de un caso de pareidolia, estos fenómenos fueron estudiados detenidamente por los clérigos antes mencionados, también por el abad de San Martín Pinario, que recogieron los testimonios del pueblo y se valieron de la propia inspección ocular. El día de san Marcos de 1717, por ejemplo, los devotos pudieron contemplar un Vía Crucis trazado en las piedras por estas conchas antes de la Misa y, después de esta, se figuró otra más. Otra maravilla, en aquel entonces, era que tanto la piedra de abalar como la de la “vela”, hoy llamada dos “cadrís”, podían ser movidas con la leve presión causada por la mano de una persona, hecho que se experimentó desde que en una ocasión con motivo de la fiesta, la procesión y la danza pasó junto a la piedra, ya que llevaba sin moverse desde el inicio de la guerra entre España y Portugal (1640-1668). Finalmente, en esta obra se le atribuyen a la Virgen de la Barca milagros de distinta índole: desde librar a los endemoniados, sanar enfermos, librar de la muerte a un devoto que se cayó de la tribuna de la iglesia o, también, salvar de los peligros del mar a los marineros que la invocaban. De ahí que en la pintura madrileña presentada se muestren una serie de navíos en la parte trasera de la escena, metáfora de la singladura que es la vida, pues como cantan sus gozos “el mar es el mundo/ naufragio el pecar/ tu amparo es el puerto/ de seguridad”
Luis Ángel Bermúdez Fernández






