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Sacerdotes del Señor: temor y temblor ante la llamada al seguimiento radical de Cristo

La ordenación sacerdotal es el comienzo de una existencia nueva como servicio, como don para los demás en las cosas que hacen referencia a Dios; un servicio que alcanza a la dimensión más profunda del hombre como es su relación con el absoluto, con lo eterno, con Dios, sabiendo que todo el hombre, alma y cuerpo, está destinado a la vida eterna. San Francisco de Asís ponía como ideal del sacerdote ser alguien que administra espíritu y vida, la vida que viene del Padre, se nos revela en Cristo y se nos da gracias al Espíritu Santo.

El día de la ordenación sacerdotal es una jornada de dicha, de enorme alegría, de inmensa acción de gracias a Dios. Allí, en el origen del ministerio sacramental, está ese amor primero que nos transforma, que nos ha de alentar en el día a día y que nos hace ver que ya no nos pertenecemos: que le pertenecemos a Él en cuerpo y alma.

Por ello, siempre ante una jornada de ordenaciones sacerdotales y diaconales pido a toda la Iglesia diocesana que nos acompañe con su oración y que se acuerde de todos los seminaristas.

Vosotros, jóvenes, sois el relevo necesario para esos sacerdotes que llevan años sembrando en nuestras aldeas, nuestras villas y nuestras ciudades las semillas del Reino y que se han dejado, literalmente, la vida al servicio de la viña del Señor. ¡Ojalá que vuestra alegría, ese asombro que sentís ante la llamada que os ha hecho el Señor, los sepáis transmitir a otros jóvenes, para que ellos, tal vez, se dejen interpelar por esa voz suave y seductora de Jesús diciendo “sígueme”.

A vosotros, ordenandos y seminaristas, os invito a ser ambiciosos de grandes metas de espiritualidad. No seáis cicateros en vuestra respuesta a Jesús. Aspirad a subir a las cimas de la oración, la entrega y el servicio. No os contentéis con la mediocridad, no caigáis en la tentación de la tibieza. Sed valientes y ascended, con la ayuda y el impulso de vuestros compañeros, a contemplar las cumbres en las que el silencio de Dios se convierte en sonora y esperanzadora escucha. Y recemos al señor de la mies para que lleve a término en ellos la obra buena que comenzó en medio del asombro, del temor y del temblor ante la llamada a este seguimiento radical.

+ Julián Barrio Barrio
Arzobispo de Santiago de Compostela

 

Artículo publicado en Barca de Santiago

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