La mera presencia del Santo Padre llegaba así al corazón de una peregrinación que ha tenido algo de regreso. Trece años después de su última visita a Montserrat –entonces como Robert Francis Prevost, hoy como León XIV–, este agustino volvía a encontrarse con la misma advocación de la Virgen a la que había aprendido a querer durante sus años de misión en Perú.
La subida a Montserrat en el ‘tren cremallera’ vaticinaba el sursum corda del encuentro con León XIV. Sobre estos riscos escarpados queda escondida una antigua Abadía que a todos nos precede. A todos los que podemos imaginar, porque en la montaña de Montserrat habita la comunidad benedictina desde hace más de mil años. De forma ininterrumpida, estos hombres de vida monástica elevaban hoy sus corazones.
Mientras las pantallas proyectaban un vídeo sobre la historia de la Abadía, a las 11:34hs ha entrado el séquito de obispos y cardenales que acompaña al Papa en esta segunda parada de su itinerario español. La gente saludaba con la euforia de apretar la mano a un cardenal pero también con ese punto de indiferencia española: no sabían muy bien a quién saludaban. Con el Secretario de Estado, el cardenal Pietro Parolin, a la cabeza, también iba el arzobispo español Luis Marín de San Martín, recientemente nombrado Limosnero Pontificio, y con ellos avanzaban el obispo Paul Richard Gallagher y el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello, que se ha unido a la compañía oficial del Papa durante toda la semana.
Pocos metros detrás de las eminencias y monseñores caminaba la caballería de esta tierra, que ha venido a uniformarse de rojo y negro bajo el nombre de Mossos d’Esquadra. Y aún un poco más atrás, sobre las 11:41hs llegaba entre aplausos el cardenal Juan José Omella, que esta mañana no ha sido anfitrión. Jordi, un universitario de la Pompeu Fabra, gritaba un «Viva el Papa» y otro «Viva la Virgen» a pleno pulmón. El coro de la muchedumbre improvisaba a continuación Virolai, ante los nervios de la inminente llegada del León XIV. Las hélices de su helicóptero enmudecían ante este himno mariano, popular en Cataluña para venerar a la Moreneta.

No era Omella, por tanto, quien estaba esperando al Santo Padre. La Abadía de Montserrat se encuentra geográficamente en la diócesis de Sant Feliu de Llobregat y por eso ha acudido a su encuentro el obispo Xabier Gómez, junto al abad de la comunidad, el benedictino Manuel Gasch i Hurios. «Que todo el que llegue como visitante se vaya como peregrino», decía entonces el padre Gasch en su bienvenida. Nada es casualidad: para los monjes benedictinos la hospitalidad es un deber sagrado. Y entre los muros de esta comunidad monástica ya había ganas de ejercitar esta virtud. Si España entera lleva esperando quince años la visita del pontífice, en Montserrat han aguantado pacientemente desde 1982, cuando el Papa Juan Pablo II, en su primer Viaje Apostólico a España, peregrinó a la Abadía.
En este salto de pontífices, este tender un puente entre los sucesores de Pedro, hoy ha sido León quien ha renovado su entusiasmo por este «faro de la cultura cristiana de Occidente». En la abadía que lleva un milenio enseñando a generaciones enteras a levantar la mirada hacia Dios, León XIV se unía al rezo del Santo Rosario con los fieles. Como Pedro hacía con los primeros discípulos que, tras la Ascensión del Señor, permanecían unidos en oración junto a María; hoy, unidos a su sucesor, también la Iglesia se ha reunido a orar en torno a la Madre.
La mera presencia del Santo Padre llegaba así al corazón de una peregrinación que ha tenido algo de regreso. Trece años después de su última visita a Montserrat –entonces como Robert Francis Prevost, hoy como León XIV–, este agustino volvía a encontrarse con la misma advocación de la Virgen a la que había aprendido a querer durante sus años de misión en Perú. Y ante la Virgen que ya había rezado mucho antes de imaginar que un día sería el sucesor de Pedro. León ha regresado como peregrino, pero también como pastor de la Iglesia universal. Y, sin embargo, la escena conservaba algo profundamente sencillo: la de un hijo que volvía a ponerse bajo la mirada de su Madre.
A las 12:05hs el pequeño papamóvil pasaba el arco del patio exterior de la Abadía y comenzaba su recorrido entre los fieles. Cada quince segundos, por orden de la Gendarmería Vaticana –o por mandato de tantas madres emocionadas– paraba el Papamóvil y monseñor Edgard Rimaycuna, secretario personal del Papa, bromeaba con Fabrizio, conductor del vehículo. En efecto, a uno y otro lado del banco Papamóvil el Santo Padre quedaba sorprendido por la cantidad de bebés y niños que reclamaban de alguna forma, con su presencia flotante, la bendición.
En esta peregrinación, León XIV cierra además otro círculo de la historia, otro salto pontificio: gracias al fervor de los fieles catalanes, en 1881 el Papa León XIII declaró a la Virgen de Montserrat Patrona de todas las diócesis catalanas, concediendo además su coronación canónica. Y, todavía más, la visita de León XIV coincide providencialmente con la conmemoración de esos mil años de vida monástica en la montaña. La fundación de la Abadía se remonta al año 1025, cuando el Abad Oliba, obispo de Vic y abad del Monasterio de Santa María de Ripoll, envió a un grupo de benedictinos a fundar el monasterio en Montserrat.
Tras la bienvenida oficial, a las 12:23hs comenzaba el rezo del Santo Rosario. Uno de los monjes benedictinos, con su discreto rosario entre las manos, comenzaba con los misterios gloriosos. Y misterio tras misterio, la asamblea, encabezada por el Santo Padre, fue recorriendo la vida de Jesús a través de aquellos acontecimientos que la Virgen contempló de cerca. León XIV, silencioso y recogido, hacía entonces como María en el Evangelio: conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
Pasadas las 12:50hs, y terminado ya el Santo Rosario, León XIV ha saludado a todos los presentes con un mensaje de agradecimiento y una petición a su Madre: «Estoy contento de poder venir a los pies de la Moreneta para encomendarle, lleno de confianza en su intercesión maternal, mi servicio petrino y la misión de la Iglesia en el mundo que clama pidiendo justicia y paz. La Moreneta siempre me ha acompañado».
Acordándose de San Ignacio de Loyola, «que en este sugestivo lugar, después de una noche en oración ante la Virgen, entregó sus armas de caballero, momento que marcó el inicio de una vida nueva al servicio de Jesucristo», León XIV ha pedido a todos los peregrinos reunidos junto a la comunidad monástica que se transformen las armas: «Depongamos hoy a sus pies las corazas que han endurecido poco a poco el corazón». A lo que ha añadido: «Alcemos la mirada a María y supliquémosle que nos ayude a revestirnos únicamente con las armas de Dios».
En su intervención, el Santo Padre ha ahondado en el mensaje de paz que lleva caracterizando su año entero de pontificado, y que barniza de alguna forma todas sus palabras en este Viaje Apostólico a España: «Consideremos también cómo la Virgen, en su mano derecha, sostiene la esfera del mundo, signo de su cuidado materno, porque el mundo entero tiene cabida en su corazón. Ella nos invita a reconocernos hermanos y hermanas, donde nadie quede excluido y donde la comunión sea más fuerte que toda división».
En esa misma línea, desde esa confianza filial, el Papa ha invitado a los presentes a volver la mirada hacia las palabras que María pronunció en Caná: «Haced lo que Él os diga». Una llamada que conduce siempre hacia Cristo. Porque el Niño que María sostiene en sus brazos «no lleva armaduras» y será Él quien salve al mundo con «la fuerza desarmada y desarmante del amor».
Con el aplauso de los pocos miles de peregrinos reunidos frente al atrio de la Abadía, la Escolanía de Montserrat ha entonado dos himnos marianos: la Salve Regina «d’ecos», del padre Cererols, y el tradicional Virolai de Jacint Verdaguer y Josep Rodoreda. Si antes sonaba con jolgorio por el improvisado canto de los peregrinos, ahora eran las voces blancas de los escolanos las que impregnaban el ambiente de recogimiento. Silencio entre estos riscos, emoción contenida en los rostros. León XIV entonces subía la escalera para acercarse a verenar la Imagen de la Moreneta. Un grito compartido en el exterior de la Abadía: «¡Visca la Moreneta!».
Como colofón de la visita, que ha sido más bien la peregrinación de un hijo, León XIV se ha asomado a un balcón engalanado de flores. Aprovechándose de su género literario favorito, que no es la encíclica ni la homilía sino la improvisación, el Santo Padre ha encendido el ánimo de los fieles: «Gracias por estar aquí. ¡Gracias por esta hermosa manifestación de fe! Aquí estamos todos unidos, en una sola familia, acogidos bajo nuestra madre de Montserrat». Con su media sonrisa, León XIV ha continuado: «La alegría, el entusiasmo y el profundo sentido de fe que estamos viviendo en estos días, primero en Madrid, ahora en Cataluña y próximamente en las Islas Canarias, refleja ese deseo de alabar a Dios y de dar gracias a Dios».
Y en esta acción de gracias suya, ante la explosión de emoción de niños, familias y mayores, el Santo Padre ha rematado: «Gracias a la comunidad de los monjes, que reciben a todos los peregrinos que vienen a rezar a Nuestra Señora. Y gracias a cada uno de vosotros, que estáis aquí está mañana para recordar a todos en Cataluña, España y el mundo, que la fe da vida, que la fe da esperanza. ¡Gracias!». Con la alegría de ida y vuelta de volver a casa algunos años después, y con la ilusión por recibir al Pontífice, el encuentro de León XIV en la Abadía de Montserrat se ha sellado con una ráfaga de saludos y aplausos que evidenciaban, una vez más, la poderosa certeza de este Viaje Apostólico: en España León XIV está en casa.
Texto: Julia Nieto Sánchez | Pablo Mariñoso de Juana
Fotografías Texto: Pablo Mariñoso de Juana
Fotografías galería: Pep Daude | Pablo Mariñoso de Juana






