León XIV: «Sed testigos creíbles de la esperanza cristiana»

En el corazón del Raval, donde conviven algunas de las mayores vulnerabilidades de Barcelona, un niño de seis años puso voz este miércoles a las preguntas que atraviesan la vida de miles de personas. «¿Por qué hay gente que vive en la calle? ¿Nadie los ve?». León XIV escuchó en silencio a Renzo antes de responderle durante un encuentro con las entidades de caridad y asistencia de la Archidiócesis celebrado en la iglesia de San Agustín, una cita en la que el Papa reivindicó una Iglesia capaz de permanecer junto a quienes sufren y de hacer visible el amor de Dios en las periferias humanas.

La elección del lugar no era casual. San Agustín, una de las pocas iglesias barrocas que se conservan en Barcelona, está enclavada en pleno Raval y mantiene una estrecha vinculación con la acción social de la Iglesia. Además, el templo está confiado a la Orden de San Agustín, la misma familia religiosa a la que perteneció Robert Francis Prevost antes de ser elegido Papa. Allí, donde desde hace décadas confluyen iniciativas de atención a personas sin hogar, migrantes, víctimas de explotación o familias en situación de pobreza, León XIV encontró un escenario que conectaba directamente con una de las prioridades de su pontificado: poner a la persona en el centro.

El cardenal Juan José Omella fue el encargado de abrir el encuentro recordando que «la caridad de Cristo nos urge» a trabajar por la paz y por la defensa de la dignidad humana. Una dignidad que apareció una y otra vez a lo largo de la mañana en las distintas intervenciones.

La catedral de los pobres

«¿Por qué hay personas que viven en la calle? ¿Nadie los ve? ¿Nadie los ayuda?»

La pregunta llegó desde la voz de Renzo, un niño de seis años. En la iglesia de San Agustín, conocida desde hace décadas como la «catedral de los pobres» de Barcelona, el silencio se hizo por unos instantes entre trabajadores sociales, voluntarios, religiosas, personas acompañadas por distintos proyectos diocesanos y representantes de algunas de las realidades más vulnerables de la ciudad.

No era una pregunta preparada para un debate académico ni para una mesa de expertos. Era la mirada limpia de un niño intentando comprender el mundo. Y quizá por eso terminó convirtiéndose en el momento más significativo del encuentro que León XIV mantuvo este miércoles con las realidades de caridad y asistencia de la diócesis de Barcelona.

Cristina García, secretaria general de Cáritas Barcelona, puso cifras a esa labor silenciosa que rara vez ocupa titulares. Solo durante 2025, explicó, más de 63.000 personas fueron acompañadas por las Cáritas parroquiales y los proyectos diocesanos. Pero más allá de los números, reivindicó algo esencial: la confianza en la capacidad de las personas para recuperar el rumbo de sus vidas.

Después llegó la voz de quienes trabajan en las heridas más profundas de la sociedad. Xavier Agramunt, director de Obinso, dedicada a la integración de personas con problemas de adicciones, resumió años de acompañamiento en una frase que parecía condensar todo el espíritu del acto: «No se trata tanto de resolver vidas como de no apartarse de ellas».

Habló de un tiempo marcado por la soledad, el sufrimiento psíquico y la pérdida de sentido. Y dejó flotando una pregunta incómoda: cómo sostener la esperanza cuando el dolor parece más grande que nuestras fuerzas.

La misma lógica apareció en el testimonio de Encarna Jordán, de las religiosas adoratrices, comprometidas con la atención a mujeres víctimas de trata. Su representante habló de la necesidad de escuchar el clamor de quienes sufren y de mostrar el rostro compasivo de Dios allí donde la dignidad humana ha sido pisoteada.

El dolor no tiene la última palabra

Entonces apareció Renzo.

A través de un vídeo primero y de una carta leída después ante el Pontífice, el niño fue encadenando preguntas sobre el sufrimiento, la pobreza, la soledad de los ancianos, las preocupaciones de sus padres y el sentido del perdón.

«¿Por qué mi papá tiene tantos trabajos?»,¿Dios quiere que haya pobres y ricos?, ¿Hay que perdonar siempre?»-

León XIV abandonó entonces buena parte del texto preparado y respondió como quien conversa con un nieto. Contó que de joven jugaba al fútbol americano, habló de la importancia del deporte para la salud del cuerpo, de la mente y del alma, y confesó que nunca había pensado en ser Papa cuando era niño. Aunque, añadió: «Desde pequeño sí sentí el deseo de entregar mi vida a Dios«.

Pero las respuestas más profundas llegaron al abordar las preguntas difíciles. Sobre el sufrimiento recordó que Dios no abandona nunca a sus hijos y que la vida de Cristo muestra que el dolor no tiene la última palabra. Sobre el perdón insistió en que no significa justificar el mal ni olvidar lo ocurrido, sino impedir que el odio se adueñe del corazón: «Perdonar significa no dejar que el odio se convierta en dueño de nuestro corazón«.

A medida que respondía a Renzo, el Papa parecía estar respondiendo también a todas las personas reunidas en San Agustín: a quienes trabajan con personas sin hogar, a quienes acompañan procesos de desintoxicación, a quienes atienden víctimas de explotación o a quienes intentan aliviar la soledad de tantos ancianos.

Porque el mensaje de fondo fue siempre el mismo: hacer visible el amor de Dios allí donde la sociedad corre el riesgo de mirar hacia otro lado.

Antes de despedirse, León XIV animó a las organizaciones diocesanas a seguir siendo testigos creíbles de la esperanza cristiana. No solo mediante ayudas materiales, sino ofreciendo amistad, acompañamiento, escucha y sentido.

En el corazón del Raval, entre historias de fragilidad y resistencia, la mañana terminó como había comenzado: con preguntas. Pero quizá la principal respuesta no estuvo en ninguna de las palabras pronunciadas durante el acto, sino en el simple hecho de reunir bajo el mismo techo a quienes cada día intentan recordar que nadie está condenado a la indiferencia.

Cuando el encuentro terminaba, las preguntas de Renzo seguían resonando bajo las bóvedas de San Agustín. Preguntas sencillas, formuladas desde la inocencia de un niño, pero que en realidad condensaban muchas de las heridas del mundo contemporáneo. El Papa no ofreció soluciones mágicas. Habló de amistad con Jesús, de compasión, de esperanza y de perdón. Y quizá ese fue el mensaje que quiso dejar en el Raval: que el sufrimiento no desaparece por ignorarlo, pero puede transformarse cuando alguien decide acercarse y permanecer al lado de quien lo padece.

Texto: María Acebal

Fotografía principal:  DR. G. Simon